La historia se repite una y otra vez y es que en estos días, en distintos medios se pueden leer alocuciones como que el actual gobierno es un régimen de ministros sobradamente preparados, políticos de talento y que de ahora en adelante se va a hacer una política como dios manda.
Como si dios mismo, al igual que Moisés les hubiese dado las tablas del buen hacer en política como aquel lo hiciera con los mandamientos.
El debate periodístico se centra exclusivamente en el análisis y el pronóstico del carácter cíclico (de Clement Juglar (1856) en adelante) y estructural de las crisis capitalistas y de su supuesto remedio: el "gobierno técnico y de talentos". Se olvidan los defensores actuales (por indecente omisión o por supina ignorancia) de dichas teorías sobre los ciclos económicos, que estos no ocurren porque sí, sino que son debidos a una economía de casino donde unos pocos tienen mano ganadora con el croupier y más constatadamente a una inmensa y descontrolada codicia. Cuando ocurre esto, el carácter cíclico de la economía y sus inherentes crisis, siempre se hace lo mismo, esto es: socializar las pérdidas y privatizar los beneficios, y vuelta a empezar. En realidad, los chanchullos del sistema financiero están detrás de casi cualquier crisis de calado en los últimos 200 años. Aunque esa, probablemente, sea otra historia, o tal vez no tanto: "No es que el sentido de responsabilidad de la comunidad financiera respecto a la sociedad sea pequeño: es que es prácticamente nulo", escribía tras el crack de 1929 y la Gran Depresión el maestro John K. Galbraith, uno de los grandes economistas del siglo XX.
El discurso que venimos oyendo estos días en esos mismos medios no se para ni un sólo instante en el análisis serio y responsable de los costes sociales que puede acarrear, ni en el más que presumible aumento de la brecha entre ricos y pobres, todo lo más contrastada por diferentes organismos. Este "gobierno técnico de talentos" no es nuevo, para ello basta recurrir a la historia; este, ya apareció en la Inglaterra de 1852 bajo el nombre de "gabinete Aberdeen" (diciembre de 1852/enero de 1855). La historia se repite, de nuevo nada. También es notorio el manido y tosco alegato de que por lo menos estos dicen verdades, sin florituras; mientras los otros hablaban de brotes verdes y necedades por el estilo. Sin embrago, a muchos de nosotros, poco o nada nos interesan los alegatos corruptos de ambos. La política actual, todo ese desorden y rivalidad, es algo lamentable. Ahora y siempre ha estado en manos de caudillos retóricos, o ni siquiera retóricos.
Ahora se ennoblece la experiencia, la laboriosidad y el patriotismo que dan derecho al acceso a los cargos públicos, y se pide para ese gobierno el apoyo de los hombres de todas las tendencias, porque sus principios exigen el consenso y el apoyo universal. Esta soflama la hemos escuchado durante los últimos días en distintos medios y más recientemente el día de Nochebuena en el discurso de un señor que ostenta la jefatura del Estado. Por el contario, nada se dice de sus ingentes y escandalosas fortunas, de implicaciones en casos de corrupción, de asesores en grandes empresas, bancos y agencias de calificación, de incompetencia demostrada en instituciones públicas en los últimos años, etc.
Uno no puede sino reírse con sorna y quedar estupefacto a la vez cuando comprobamos que ese mismo equipo de nuevos talento no parece tan diferente a otros que ya han andado por aquí. El ridículo y la tomadura de pelo son mayúsculos. Lo que distintos medios consideran un equipo preparado para sacarnos de una crisis de hondo calado se presta como una farsa. El pueblo quedará un tanto boquiabierto al enterarse de que la nueva era de la historia está a punto de ser inaugurada nada menos que por gastados y decrépitos políticos, burócratas que han venido participando en casi todos los gobiernos en la última década y más aún, asiduos de gabinetes doblemente muertos, por edad y por usura, y sólo con artificio mantenidos con vida.
Los nuevos gobiernos, encabezados por hombres crecidos bajo el techo de algunas de las principales instituciones responsables de la crisis (véase, hoy, el currículum de Papademos, Monti o De Guindos, este último responsable en Europa de Lehman Brothers, serio responsable de la actual crisis, es decir, el Waterloo del sector financiero) seguirán las misma guía que han aprendido. Ni que decir tiene, por el bien del país y por el futuro de las generaciones venideras.
En los últimos 30 años, inexorablemente, se ha procedido a transferir el poder de decisión de la esfera política a la económica; a transformar posibles decisiones políticas en incontestables imperativos económicos que, bajo la máscara ideológica de lo apolítico, disimulan, al contrario, un injerto netamente político y de contenido absolutamente reaccionario. La "redislocación" de una parte de la esfera política en la economía, como ámbito separable e inalterable, el paso del poder de los parlamentos (ya suficientemente vaciados de valor representativo por los sistemas electorales mayoritarios y por la revisión autoritaria de la relación entre poder ejecutivo y poder legislativo) a los mercados y a sus instituciones y oligarquías constituye en nuestra época el mayor y más grave obstáculo atravesado en el camino de la democracia.
Recuperar la confianza de los mercados es el enunciado de moda entre nuestra élite política, al igual que hace unos años ocurría con la palabra sostenibilidad, y es que pronto se llenan la boca sin pensar lo que dicen, vacios de contenido y lo que es peor: faltos de ideas. Para recuperar la confianza de los mercados, es necesario avanzar expeditamente por la vía de las reformas estructurales -expresión que ha llegado a ser sinónimo de estrago social-, es decir: reducción de salarios, revisión de los derechos laborales en materia de contratación y despido, aumento de la edad de jubilación y, en fin, privatizaciones a gran escala.