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Juan Antonio Alonso Velarde
Miércoles, 29 de agosto de 2012

Bisoñé: Algo más que comer

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No voy a descubrir la pólvora si digo que en Tenerife hay muchos y muy buenos restaurantes donde poder darle deleite a los sentidos.

 Sin embargo, hay un rincón en el municipio de Tegueste, en la zona de El Lomo, donde el comensal se verá directamente transportado a un mundo incomparable de sensaciones que no podrá disfrutar en esos otros grandes templos de los fogones de la isla de El Teide. Se trata del restaurante El Bisoñé, perfectamente llevado por Chano Hurtado y Ana María LaMata, dos perfectos anfitriones que harán de su estancia algo más agradable que el simple placer de poder degustar diversos y variados platos.

 

A diferencia de los llamados guachinches, donde no hay carta, El Bisoñé tampoco la tiene, físicamente hablando, pero sí que sus dueños tienen diseñadas y creadas varias propuestas con las que tratan de convencer al visitante (y además lo consiguen). Por lo pronto, disponen de varios entrantes que son únicos, sabores que quizá no haya probado, una mezcla sensacional entre lo dulce, lo amargo, lo salado o lo picante. Una vez hecho ya el estómago a lo que va a venir, todo aderezado con un vino gallego de fabricación secreta, ya vienen los dos platos principales, imperdible sobre todo el caldo de ibéricos, una suerte de olla podrida que es todo un manjar. Y para rematar, un licor aderezado con canela y un postre que hará las delicias de los más golosos.

 

Pero no sólo El Bisoñé es gozar de una excelente mesa, sino de un museo de la historia de Tenerife a través de una colección de relojes, fotografías, cachivaches diversos, artículos incluso de hace cuatro siglos y que se mantienen en perfecto funcionamiento. Es precisamente Chano quien hace las veces de ‘director’ de esta peculiar y original ‘casa-museo’ donde hasta se puede contemplar el primer anuncio de la cerveza Dorada tras la muerte de Franco, todo un desafío a la entonces estricta e implacable censura. Y por supuesto, también se piensa en los peques de las familias y aquello es un templo del juego, pero no de los de ahora, todos enganchados a las maquinitas, sino de juegos de los de antes, donde aparte de aprender, también se hace ejercicio físico. A veces los hijos son los que acaban trayendo a los padres a un lugar donde se puede empezar almorzando y se termina cenando.

 

Eso sí, las reservas han de hacerse con un tiempo más que prudencial (670 444 433), teniendo en cuenta que cierra lunes y martes. La experiencia, desde luego, merece mucho la pena y quienes lo han visitado aseguran llevarse un pedazo de felicidad, por dentro y por fuera. ¡¡¡Ah, y a un precio más que razonable para estos tiempos de proverbial crisis!!!

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