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Pablo Jerez Sabater
Viernes, 3 de marzo de 2017

El último farero de Puntallana

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Domingo Machín no era un tipo usual. Desde que tenía uso de razón –rondaba ya los 50 años-, siempre había ido todas las semanas a Puntallana desde su pequeña casa situada en el Lomo Fragoso. A él, que no tenía más transporte que sus pies, largo se le hacía el camino. Y, sin embargo, lo hacía feliz y contento.

No es que fuera especialmente devoto; más bien todo lo contrario. Si de alguien blasfemaba era de Dios y de todos los santos que habían hecho que su hermano Jacinto hubiera fallecido en los riscos de Majona cuando él apenas había alcanzado la mayoría de edad.

 

No era tampoco un hombre simpático. Vivía solo en una choza vieja con cubierta de teja árabe y un balconcito de madera cerrado por una celosía. Detrás de su casa tenía un corral con seis gallinas que ponían los huevos suficientes para mantenerse y unos llanos donde no faltaban papas y algunos vegetales que echar en la olla de barro. Sin embargo, no mantenía relación con ningún vecino. Ni un saludo. Ni una despedida. Ni siquiera un pleito por el agua de riego. Nada. Nadie había escuchado su voz. Según María la Partera, que vivía al borde del barranco, cuatro casas más abajo, no hablaba porque se había cortado la lengua. ¿Cómo? No lo sabía. Pero tampoco hacía falta. Sólo se le veía silbar cuando, como cada domingo, cogía sus alpargatas y emprendía camino al conchero de Puntallana.

 

En el zurrón apenas un poco de gofio, vino del Estanquillo y unos nísperos que le crecían en el llano chico que estaba junto al corral. Tras casi dos horas de caminata, divisaba a lo lejos la ermita de Nuestra Señora de Guadalupe y se le hacía grande a la vista. Contaba cada una de las piedras que sostenían las tejas de la fuerza del viento. Llegaba al arco de entrada y se persignaba tres veces: una por su madre, otra por su padre y otra su hermano Jacinto.

 

Él y su soledad acampaban durante horas en el llano del descampado que servía como plaza. Apenas coincidía con algún feligrés al que esquivaba la miraba y esperaba celosamente a que dieran las ocho de la noche para encender su candil de carburo; esa era la hora exacta en la que Jacinto encalló muy cerca de allí, en Majona.

 

No es que el candil alumbrara mucho, pero Domingo consideraba que los pescadores que regresaban del norte agradecerían ese haz de luz, aunque fuera tenue. Allí se pasaba la noche entera del domingo. Él, su zurrón y el candil. Y hablaba consigo mismo. Se maldecía. Treinta años con Jacinto ausente. Y todo por culpa de la oscuridad. Por no tener aquella maldita zona una faro, aunque fuera más pequeño que el de San Cristóbal. Pero él estaba dispuesto a ser ese farero en Puntallana y ayudar a esas falúas a vislumbrar esos riscos peligrosos.

 

Un miércoles a eso del mediodía, el párroco Don Ángel bajó a la ermita a lomos de aquel pequeño burro que le había regalado Angelines, la viuda de Don Cándido el médico. En aquella soledad yacía un cuerpo al que le faltaban los ojos, picoteados tal vez por los cuervos que sobrevolaban aquel paraje. Desde entonces, dicen que cada domingo en la noche se alumbran dos haces de luz. Un rayo por Jacinto; el otro de Domingo Machín, el último farero de Puntallana.

 

Pablo Jérez Sábater

 

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