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Pablo Jerez Sabater
Viernes, 10 de marzo de 2017
"Cuentos basados en La Gomera"

Relatos cortos. "El café de Cuba"

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Don Vicente tenía una tienda pequeña. Era oscura. Apenas iluminada por una lámpara de petróleo. Tenía una mesa de madera de caoba que había heredado de su tío Manuel, quien había estado en Cuba varios años antes y que retornó junto a su familia a Vallehermoso hacía unos años.

Junto a la mesa había traído varios objetos curiosos: unos sombreros adornados con plumas, unos cuadernos de dibujo y varios sacos de café de Santa Clara; “el mejor que había”, recordaba.

 

En esta pequeña ventita comerciaba con azúcar, papas, vino de las medianías y café de estraperlo. Aquí se cambiaban también otros productos y se servían las medidas exactas que estaban recogidas en las cartillas de racionamiento. No eran tiempos fáciles. No, no lo eran. Pero se sobrevivía.

 

Don Vicente era un hombre más bien alto, delgado y solía vestir siempre con un traje claro y el sombrero panameño con plumas de su tío. Era singular y quizá por ello no pasaba desapercibido para sus vecinos. Era simpático, tenía fácil conversación y gustaba de compartir con sus clientes viejas historias sobre Cuba que recordaba haber escuchado en casa.

 

En la tiendita se agolpaban, sobre la mesa de caoba, varias libretas azules que servían para apuntar los préstamos o fiados de los vecinos del pueblo: Juana, la de Los Loros, dos medias de papas y seis de azúcar; Manuel el de Ramona, la de La Playa, seis medias de café y un cuarto de petróleo para el quinqué. Y así varias anotaciones que servían para llevar una contabilidad precisa de todos los haberes y deberes.

 

En cierta ocasión, el estraperlo le hizo poner a la venta dos medias de aquel café cubano de Santa Clara. No quedaba del que llegaba de Tenerife, por lo que la necesidad le hizo tirar de aquellos granos provenientes de la perla caribeña y que con tanta delicadeza había traído su tío Manuel. En la molienda de Juan, situada junto al barranco, el olor a ese café despertó en la vecindad una suerte de llamada. Margarita, la nieta de Juana, la de Los Loros, fue la primera en acudir a la molienda en busca de café. Juan le hizo saber que era propiedad de Don Vicente y hasta allí la digirió. No os podéis imaginar las colas que se formaron a la puerta. Y todo ello a sabiendas de que no habría para todos.

 

Pero Don Vicente, además de simpático y de fácil conversación, era también –en el fondo- un ser avaricioso. Y de las dos perras que cobraba por la bolsa, pasó a cobrar un duro por aquel café antillano. Una verdadera fortuna para unos vecinos que, además de papas, no tenían más fortuna para echarse a la boca y los cuatro duros que ganaban de su faena en tierras de Marcial el Cacique, no daban para otra cosa sino para sobrevivir.

 

A la multitud que se agolpaba en la puerta en la tiendita se le fue acabando la paciencia cuando Martín, el medianero de Don Justo el del Palmar, dio la noticia que el café se había acabado. El ambiente enrareció. La espera se volvió tensa y Don Vicente tuvo que cerrar sus puertas ante los vecinos que comenzaban a increparle ante lo que consideraban un timo en toda regla.

 

Los golpes sobre la puerta hicieron a Don Vicente refugiarse en la trastienda. La multitud, enardecida por los acontecimientos, rompió la tranca de madera y entró al pequeño establecimiento en busca del café y del tendero.

 

De lo primero no había ni rastro. Del segundo, escondido, se dice que huyó por una puerta trasera y no se le ha visto en dos semanas. De la tienda, no queda más que un viejo letrero donde puede leerse Víveres García y restos de cáscaras de huevo en el suelo.

 

- Aprende lo que es la necesidad, hija mía-, le dijo la vieja Juana a su nieta. Y tenía razón. El hambre no daba para café, papas y vino de las medianías.

 

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