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Pablo Jerez Sabater
Domingo, 19 de marzo de 2017

Doña Natividad la maestra

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Natividad tenía 25 años y una maleta de madera con tres libros, un sombrero, seis vestidos y toda la ilusión puesta en llegar a la escuela de primeras letras de Alajeró. En realidad no sabía mucho de su destino, apenas lo que había leído en un viejo anuario que tenía más de 20 años: casas blancas, una parroquia antigua y 860 almas.

[Img #53691]Las mismas que ella recontaría en su cabeza cuando, cinco años después, fijaría su futuro en la isla de Gran Canaria.

 

La travesía no fue fácil. Un motovelero de nombre lírico, el Odiseo, la dejó en San Sebastián. Allí una pesada grúa descargaba frutas y materiales para sobrevivir a la penuria, la que ella misma advirtió nada más pisar tierra. Dos mozos la situaron junto a su maleta y una pequeña burra. Le quedaban más de seis horas para llegar a Alajeró.

 

Caminos pedregosos, profundos barrancos y los ecos de un silbido que galopaba anunciando la llegada de la nueva maestra. Agolpados frente a la parroquia del Salvador la recibieron el alcalde, don Juan, y toda una comitiva de niños vestidos con sus mejores galas: camisas blancas impolutas, pantalones de tres cuartos y las lonas para la misa de los domingos. Se sintió afortunada, su primer destino no podía ser más exótico, más alejado de su Navarra natal. En Alajeró faltaba de todo, pero no sobraba nada.

 

La acompañaron a su vivienda, una pequeña casa maltrecha junto a la escuela que, un año antes, había sido reformada gracias a una inversión del Ministerio de Instrucción Pública de la República. Una pizarra, seis pupitres, una mesa de madera destartalada. Una escuela rural pobre, paupérrima –se diría-, pero con el ánimo intacto de comenzar un nuevo curso escolar. Corría el año 1932 y Alajeró olía a cereal, a trigo, a centeno y a higos. Y a tomates. A los tomates que ella misma cuidaría años más tarde en su hacienda de los Almácigos.

 

Los primeros días no fueron fáciles. La República había dado instrucciones para la creación de escuelas mixtas. Sin embargo, en Alajeró sólo tenía 23 niños con edades comprendidas entre los seis y los quince años. Pero eso no la desanimó. Cada mañana tomaba la tiza para enseñar lo más básico, el abecedario. Los niños, asombrados ante aquella pizarra, repetían al unísono el bello sonido que emanaba de la voz de doña Nati: “A, repetid conmigo. A, B, C… ¿y ahora?”, y vuelta a empezar. Aquellos niños comenzaban a entender que si juntabas aquellas letras salían palabras, y que de aquellas palabras surgían textos y poemas que la maestra recitaba en clase antes de ir al almuerzo. “Hoy os voy a leer a don Antonio Machado”, decía con una dulzura que embelesaba a aquellos niños que todavía no había conocido la dicha de la lectura.

 

Poco a poco fue sacando oro de aquellos muchachos, quienes en apenas unos meses habían sido capaces de aprender no sólo el abecedario, o las más básicas nociones matemáticas, sino también a ubicar en un mapa la isla de La Gomera. El pueblo sonreía porque la cultura había llegado en forma de mujer delgada, pelo negro corto, sombrero alón y una maleta con tres libros.

 

Con el tiempo doña Nati se convirtió en algo más que una maestra. Se había casado con don Ernesto, el hijo de un rico cacique de Hermigua de apellido Fragoso y se había trasladado a Los Almácigos, a una hacienda donde vivía rodeada de árboles frutales y donde hacía fortuna con la exportación de tomates. Ella, cada mañana, a lomos de un caballo –regalo de bodas- subía aquellas lomas camino de la escuela. Los niños la esperaban ansiosos de conocer qué maravillas le descubriría ese día.

 

Y así llegó la noticia más importante de su vida. La República había convocado elecciones y el sufragio femenino haría por fin justicia. Ella se presentaría a alcaldesa y procuraría mejorar las condiciones de vida de aquellas 860 almas. Dos días de votación, nueve concejales y la dicha de su proclamación como regente. 37 días en el puesto porque la ley de incompatibilidades le obligaba a abandonar su puesto. Sin embargo, le dio tiempo a encalar la escuela, dotarla de tres pupitres más y hacer una recolecta de dinero para una pequeña biblioteca.

 

Cuando marchó a Gran Canaria, los niños, en fila junto a la fachada de la pequeña escuela, recitaron al unísono los versos de Machado que ella les había enseñado: Una tarde parda y fría / de Invierno. Los colegiales / estudian. Monotonía / de la lluvia en los cristales. Era invierno. Llovía. A lomos de su caballo, doña Nati se alejó para siempre dejando en la escuela plantada la semilla de una higuera que aún sigue dando sus frutos.

 

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