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Pablo Jerez Sabater
Domingo, 26 de marzo de 2017

La esperanza

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Debían ser como las cinco y cuarto de la mañana. Desde el balcón de la vieja casa donde residía se divisaba el mar. Era un día aparentemente tranquilo. Un día, sin embargo, donde la maresía parecía besar con su espuma blanca las rocas de la playa de Santa Catalina.

[Img #53872]El viento agitaba el acceso al viejo embarcadero. La grúa aún se debatía entre caer sin aplomo, como si la vida hubiera quedado apagada tras vaciarse la última caldera que la mantenía activa; o bien colgar una bandera blanca implorando una muerte inesperada.


A lo lejos, donde el rompiente se mezcla con la eterna montaña de la isla hermana, divisé un juego de luces. Pensé que el día, a pesar del viento, me estaba gastando una broma. Quizá la luz del sol percutiese con fuerza en el batiente y fueran estos los reflejos que estaba divisando. Sin embargo, aquello no cesó. Repetía una y otra vez ese mensaje. Era como si allí estuviera emergiendo un faro submarino que, en morse, trataba de enviarme un mensaje, una coordenada, quizá. Pero no. No podía ser eso.


Como pude salí al paso. No es que en este pueblo hubiera distancias largas, pero tampoco se puede decir que uno tardara poco en desplazarse por las sendas que mis padres y mis abuelos habían rehecho camino del Pescante. Eran angostos pasadizos comidos por zarzas que hacían de malla hacia el progreso perdido. Entre esa luz y yo quedaba un camino que no era fácil. Cuchillo en mano, enfilaba el estrecho pasillo que discurría sobre el barranco. Cada vez la luz alumbraba más. Sentía que, más que fogonazos, eran cañones llamándome; más que relámpagos marinos, eran cantos de sirena susurrando, quién sabe, ayuda.


No me detuve, vaya que no. Las piernas temblaban ante el ataque furibundo de las espinas. Sangraba por los codos y por las manos. Sabía, sin embargo, que nada ni nadie me pararía. Ni siquiera aquel viejo loco que me alertaba desde la finca colindante con una mata de plátano en la mano..
-¡Aún te quedan piñas que cortar! – gritaba en un lenguaje que era una mezcla de embriaguez y pesticida violento.


Ignorando su queja, llegué a un viejo rescoldo desde el que divisé la vieja estructura de hierro oxidado que hacía tan solo unos años, vio zarpar a mi hermano rumbo a Tenerife. Al fondo, languideciendo, estaba esa dichosa luz. Esa caprichosa y percutiva luz que me había desvelado y me había hecho caminar entre mi propia sangre. ¿Qué sería?, me pregunté.


A los pies del Pescante había un pequeño bote. Lo utilizaban para embarcar a las familias en las falúas que atracaban a las afueras de Hermigua a expensas del bravo mar del norte. Los remos estaban ajados, como cosidos con alambre de espinas. Al menos, así lo notaron mis manos. Puse remedio a mi curiosidad rápidamente. Me eché a la mar como a quien le va la vida en ello. Un brazo, otro. Y en unos 20 minutos, estaba donde había divisado la luz incesante. Allí no había nada salvo los restos flotantes de una proa. Dos colores: rojo y azul. Un nombre: Esperanza. Rápidamente, comprendí que podría tratarse de un naufragio. Recorrí la zona en busca de restos, mas nada encontré. La tierra, que antes divisaba cercana, la veía cada vez más lejos. La corriente me arrastraba. Logré entintar el envoltorio de unas viejas latas y enviar un mensaje encerrado en un viejo bote de conservas: “Madre, he encontrado la Esperanza”. Me hundí esperando lo que el cantar del viejo poeta gomero pregonaba: que la esperanza me mantenga. La luz cesó. Mi voz, aguada por gritos en silencio, cesó. Supe entonces que me convertiría en uno más de esa embarcación perdida que anhelaba su propio nombre: la Esperanza.

 

 

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