VER EN VERSION CLASICA
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Pablo Jérez Sabater
Lunes, 3 de abril de 2017
El Cuentista

Día de enamorados en La Palmita

Guardar en Mis Noticias.

Era domingo. Adelita llevaba esperando este día desde hacía una semana. El perfume de Martín aún se podía oler en aquella sala donde habían compartido casi dos horas de confidencias. Se iban a casar. Al menos, esa era la promesa que él le había hecho.

[Img #54140]Y no sería tarde. Irían a vivir a un cuarto que estaba arreglando en La Palmita que era de su familia, que había emigrado a Venezuela apenas seis años antes.

 

Como cada domingo, Adela se levantaba temprano. Bajaba la pista de tierra en busca de unas margaritas silvestres que encontraba siempre camino de Meriga. Las cortaba con cuidado para luego ponerlas en una jarra de cristal que formaba parte del ajuar de su madre, doña Ernestina. Era una chica pequeña, de dieciséis años, cabello largo negro y delgada. Su mirada era tierna, ilusionante. Martín era su primer novio. Era su hombre.

 

Por el contrario, doña Ernestina tenía por cuerpo un ancho manto negro por el luto que le debía su esposo, fallecido once años atrás. Era mujer parca en palabras, astuta en la supervivencia y represiva en los amores. No aceptaba de buen grado aquella relación. Martín tenía veintiocho años y un reguero de flores marchitas a su paso. Se rumoreaba en La Palmita que Edelmira, la hija de Juan el forestal, había mantenido relaciones con él y que fruto de esas pasiones había nacido una criatura que pusieron por nombre José Andrés, y que falleció a los pocos meses de vida.

 

Fuera cierto o no aquella comidilla de barrio, a doña Ernestina no se le escapaba una. Cada domingo, desde hacía tres meses, Martín rondaba la casa a eso de las once de la mañana con el ánimo de cortejar a su Adela. Ella sabía que Martín buscaba la ocasión para quedarse a solas con ella y besarla o Dios sabe qué cosas más indecorosas, por lo que ella no perdía el ojo ni un solo instante. Los tres se sentaban en la sala que servía a la vez de dormitorio para la niña. Era pobre, oscura y sólo iluminada por un quinqué que tenía ya su tiempo agotado y daba señales de apagarse en cualquier momento.

 

Doña Ernestina aprovechaba las triviales conversaciones de los enamorados para pelar papas y cebollas que creaban una atmósfera irrespirable. Esa era su estrategia: provocar la huida del macho del nido de su hija.

[Img #54139]Pero ese domingo todo fue diferente. La niebla bañaba La Palmita con el ánimo de dejar agua en los soportales. Era un día gris, oscuro, aciago. Parecía noche en pleno amanecer. Los cochinos hozaban con fuerza, los gallos cacareaban como si no hubiese mañana. El ambiente era de infierno en vida, de presagio de tragedia.

 

Martín llegó con antelación empapado por la lluvia. Traía un pequeño ramo de margaritas silvestres ya pocho y una chapela que había heredado de un tío suyo que era navarro y que vino a trabajar en el Pescante de Agulo hacía ya una treintena de años. Estaba visiblemente nervioso. Los ojos del muchacho llevaban sangre.

 

-Doña Ernestina, con permiso-, dijo el muchacho al cruzar el umbral de la puerta.

 

La vieja estaba sentada en el banco del cuartucho pelando papas y cebollas como cada domingo haciendo que el aire fuera una suerte de gas lacrimógeno para ahuyentar animales. Estaba inmóvil, con su manto negro y su pelo gris ceniza. Levantó la mirada hacia el muchacho.

 

-Pase, joven. Adela saldrá enseguida-, le dijo en un tono inapreciable.

 

Tras quince minutos de espera, la joven no daba señales de vida. Martín comenzaba a impacientarse mientras sus ojos, bañados en sangre, comenzaban a llorar por culpa de aquellas cebollas. Al cabo de un rato, se dirigió a la mujer:

[Img #54141]

-Doña Ernestina, ¿dónde está su hija?

 

Sin levantar la mirada, hizo un gesto con la mano hacia el interior de la vivienda. El joven se apresuró a buscar a la joven y la encontró bañada en sangre junto a una nota que rezaba:

 

“Martín, este es el regalo de mi hija Edelmira, a que la mancillaste. Igual que tú destruiste mi vida, yo voy a destruirte la tuya”.

 

Derrumbado en el suelo, sus lamentos se escucharon por todo el barranco. También en la casa forestal del Cedro, donde Juan sacaba brillo a su podona.

 

Pablo Jerez Sabater

GomeraVerde.es • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress