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Pablo Jérez Sabater
Sábado, 15 de abril de 2017

El fantasma de Agulo

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Agosto caía en Agulo como fuego. El sol, tantas veces infrecuente o escondido tras las nubes, había decidido tomarse unas vacaciones ese verano y hacerse visible. No había rincón en el pueblo que no sufriera la insolación; hasta las pequeñas fuentes emanaban agua caliente. Aquel iba a ser un mes tórrido.

[Img #54381]Sin embargo, no era solamente el calor lo que asfixiaba al pueblo. Unos anuncios por palabras y unos folletos repartidos en los parabrisas de los coches anunciaban una línea erótica que durante aquel mes hizo las delicias (auditivas) de los vecinos. Pinchados los teléfonos, las pequeñas cabinas servían acaso de improvisados telones donde dar rienda suelta a la imaginación al ritmo frenético de jadeos y orgasmos fingidos. La muchedumbre hacía cola para la cabina. Y entre ellos se encontraba Armando Mendoza, un médico recién llegado al pueblo a cubrir una baja temporal.


Su interés para con la cabina quedaba lejos del party line y las formas orondas de las mujeres que se anunciaban de manera gratuita en aquellos pasquines improvisados. Lo suyo era necesidad: su familia, que estaba en Tenerife, querría saber de él, de su nuevo empleo y de sus impresiones sobre Agulo.
Sin embargo, cada tarde lo mismo. Colas ingentes de vecinos a la espera de que le tocara su turno para invadir la intimidad de la cabina y escuchar el sonsonete quejoso de aquellas voces al otro lado de la línea. Una tarde, y otra, y otra. Y a Armando se le acababa la paciencia.


Cierto día, el sol dejó a un lado sus pretensiones festivas y dio un descansos a sus fatigados vecinos y regresó la bruma al pueblo, que se entremezcló incluso con una bruma mañanera bastante baja. Armando aprovechó el frío matutino para enfundarse un grueso albornoz blanco y bajar a la cabina de teléfono que, curiosamente, estaba vacía a esas horas. Allí que fue arrastrando ese batilongo pesado por aquellas calles empedradas cuando el sol aún estaba haciéndose visible y resolvió todas las llamadas pendientes que duraron no más de tres cuartos de hora.


Hele aquí satisfecho a primera hora regresando a casa ataviado como un fraile capuchino y arrastrando los pies por aquellas viejas calles del casco cuando, de repente, la bruma comenzó a disiparse y, avisados por el sonido del arrastre de sus pasos, se asomaron varios vecinos a la calle a ver qué ruido era aquel tan temprano un sábado de agosto.


La visión fue aterradora y un grito se escuchó al fondo de la casa de Doña Teresa, al comienzo de la principal vía de Agulo. Al fondo, como un fantasma, vagaba un cuerpo espectral arrastrando los pies y apareciendo y desapareciendo entre los vapores de la bruma de aquella mañana.


Como todo pueblo, la noticia de la aparición de un fantasma corrió como la pólvora. Incrédulos algunos, otros escépticos, lo cierto es que durante días no se habló de otra cosa. Y, como no podía ser de otra manera, también llegó a oídos de Armando, que tampoco daba mucho crédito al asunto, pues no había reparado en que era él, precisamente, el fantasma de Agulo. Pero con el paso de los días, el suceso pareció olvidado y los vecinos comenzaron a frecuentar una vez más la ya de por sí caliente cabina de la avenida mientras el médico desesperaba una vez más. Eso sí, esta vez quería dar su golpe definitivo.


Reparando en aquella vieja bata blanca que tenía en el baño (sesentero, de cerámica verdosa y baldosas hidráulicas reutilizadas), se dio cuenta del engaño y el miedo sembrado hacía apenas unas mañanas y se enfundó de nuevo el inmaculado atuendo y se dejó ver en algunas esquinas del pueblo con la suerte de que unas mujeres que salían de misa observaron aquella figura que se camuflaba entre los blancos paramentos de las casas. Y lo que comenzó con un rumor, pronto se convirtió en un hecho.

[Img #54382]
Los vecinos comenzaron a tener miedo y dejaron de salir de las casas a partir de cierta hora. El caso llegó a oídos de la Benemérita, quien en colaboración con la policía local del pueblo, montó un dispositivo de búsqueda de este ser espectral para devolver la tranquilidad a un pueblo que, en un agosto tórrido, disfrutaba de una vida pausada sólo interrumpida por la ya famosa línea erótica.


Las pesquisas no cesaron durante días, pero nada se aclaraba. Una noche montaron guardia la pareja de guardias civiles y el municipal. Pasadas las dos de la mañana, en la plácida oscuridad del pueblo, se vio al fantasma asomando en El Charco. Un guardia cerraría el paso al norte, el otro al final de la avenida y el policía lo haría por la iglesia. Su presa estaría cercada y, de una vez por todas, darían caza a este ser que estaba sembrando el pánico en Agulo.


Sin embargo, su rastro se perdió. La pareja y el municipal no daban crédito. Si uno había cerrado una vía, el otro la parte norte y la otra calle estaba cercada, ¿dónde podría haberse escondido el fantasma?
Llegados a El Charco, una luz se encendió al comienzo de la calle. Era la casa de Armando. Los tres se miraron. Hacía frío aquella noche de agosto. Imaginaron que con un buen abrigo, la larga espera se haría más sencilla. Un buen abrigo, una buena manta, un buen albornoz… ¿albornoz?
Rápidamente comenzaron a atar cabos. Al fantasma se le había visto por primera vez una fría mañana; la segunda vez era tarde, puesto que la misa era a las ocho de la noche. Y el resto de visiones habían sido también a altas horas y con temperaturas bajas. Si eso era así, lo lógico era que fuera un vecino quien se estuviera haciendo pasar por este espectro bajo una manta o un albornoz que lo protegiera del frío, además de impedir que se viera su cara, que quedaba a oscuras bajo la capucha.


Por otro lado, observaron que este doctor, a quien no conocían demasiado, solía ir por aquellas calles en agosto con un suéter, por lo que podría considerársele un hombre propenso al frío. Blanco y en botella. Dos más dos, cuatro. Las risas de los guardias no pudieron ser más estruendosas. Habían resuelto el caso. Pero les quedaba aún su propia venganza por haberles hecho pasar aquellas noches de vigilancia a la intemperie.


Al día siguiente, Armando bajó a la cabina y se la encontró curiosamente vacía. Junto al teléfono, una nota a su nombre: “Lleve esa bata a la tintorería de Marcelino en la Villa, que más que fantasma parece usted un vagabundo”. Acalorado por la vergüenza, regresó a su casa y se encerró durante días. El fantasma había vuelto a ser invisible.

 

 

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