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Pablo Jerez Sabater
Miércoles, 26 de abril de 2017

Como cada domingo

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Para Enrique Mora, todos los domingos eran sagrados. No había semana que no fuera al cementerio a ponerle flores a Juana, su esposa, quien había fallecido hacía ya doce años. Pero a él no le importaba. Con su recuerdo le bastaba para vivir.

[Img #54666]Seiscientos veinticuatro domingos ininterrumpidos llevaba el viejo poniendo claveles, siemprevivas, rosas o lo que hubiera en el puesto de Martín, en el mercado. Lo mismo daba. Lo importante era ir, estar con ella, hablarle, contarle cómo estaban sus hijos y sus nietos y que hacía poco que había nacido su biznieto Ander, el más pequeño de la familia.

 

Lo cierto es que no había vuelto a enamorarse nunca. No como de Juana, de su Juana. Con sesenta y tres años aún estaba en la flor de la vida y no le faltaban pretendientas, pero eso a él le daba igual. Su aspecto era bueno aún. Sus grandes ojos claros tenían más viveza que el mar que baña Puntallana.

 

Sin embargo, el último domingo de marzo algo ocurrió. Compró las flores como de costumbre bien temprano. Cogió su viejo Mercedes y se dirigió al cementerio. En el maletero un pequeño cubo y el cabezal del escobillón para limpiar y dejar reluciente la lápida de Juana. Nicho veintiséis, en el patio de San Mateo, en el cementerio de la Villa.

 

Cuando se disponía a la faena, vio que frente a la lápida había una señora. Le estaba hablando al nicho, como si le fuera familiar. Era una mujer de unos cincuenta años, vestida de negro, no excesivamente alta, de pelo lacio y voz melancólica. En realidad, más que hablar, aquella voz sonaba a mantra, a sermón de misa, a homilía en día de recogimiento. Se extrañó. Jamás la había visto.

 

No sabía si acercarse a ella o no, si preguntarle qué hacía ahí o de qué conocía a su esposa. Vio que llevaba en la mano un viejo rosario de cuentas que, por el paso del tiempo, estaba ligeramente oxidado. No es que fuese Enrique hombre observador, pero tampoco podía decirse que aquella situación no fuese extraña y de ahí que reparara en aquello.

[Img #54665]

La mujer permanecía impasible frente a la lápida pronunciando frases que, a oídos de Enrique, eran ininteligibles. Decidió acercarse y preguntarle qué hacía ahí y quién era. Eso sí, con toda la caballerosidad y cortesía de la que era capaz ante la incomodidad que sentía al no ser él el primero en llegar, como cada domingo, al nicho de su esposa.

 

-Disculpe, ¿quién es usted?-preguntó.

 

No recibió respuesta. La mujer seguía impasible pronunciando aquellas palabras una detrás de otra. A Enrique le sonaban a letanía, como si fuera un Rosario vespertino. Reiteró la pregunta.

 

-Disculpe, señora. ¿Conocía usted a mi mujer?

 

Una vez más, no recibió respuesta. Incómodo, se puso al lado de aquella mujer con sus flores recién cortadas dispuesto a colocarlas en el jarrón que servía de balcón al nicho. Pero, ni por esas, ella se movía.

 

Fueron los diez minutos más incómodos de su vida. De repente, ella giró la cabeza hacia él y le clavó la mirada en sus profundos ojos color azul.

 

-Que tenga usted un buen día- dijo aquella mujer.

 

Enrique Mora no dijo palabra. No pudo articular voz ninguna. Aquella mujer le había clavado aquellas pupilas como si hubieran sido cuchillos. Sintió como dentelladas en su cuerpo. Aquellos ojos… no eran ojos, eran clavos ardientes.

 

Una vez recompuesto, se dispuso a colocar las flores cuando reparó que en la lápida había escrito junto al nombre de Juana Mendoza Manrique el suyo: Enrique Mora Trujillo. 29 de marzo de 2015. Fallecido a los 63 años. D. E. P.

 

Media hora más tarde, el forense había certificado su muerte. Infarto. Por fin yacía junto a su mujer doce años después. Con Juana. Su Juana

 

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