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Pablo Jerez Sabater
Lunes, 22 de mayo de 2017

El año que no llovió

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Aquel año no llovió ni una gota. Los campos se secaron. Ni el millo soportó la secura de una tierra que lloraba de muerte. Pedro Arteaga se cansó de sachar sólo piedras en un paredón que ni papas daba. Todo estaba perdido. Y él lo sabía. Lo peor no era eso.

[Img #55400]Es que no tenía para ninguno de sus tres hijos. Amelia hacía dos años que se había ido por una gripe mal curada. Aquellos retoños no tenían nada más que un par de cebollas y el poco agua que quedaba del pozo del Ancón. Nada para vivir. Todo para morir.

 

A Hermigua llegaban noticias de La Guaira. Su hermano Rafael había marchado en el 42 alejándose de la persecución por sus ideas de izquierda. Había estado en Fyffes y tras conmutar su pena por trabajos forzados, aprovechó su libertad para huir a las Américas. En sus cartas hablaba de riqueza, de prosperidad, de una nueva vida alejada de la miseria isleña. Pero Pedro sabía que no tenía dinero para irse. El último motovelero, el San Juan, pedía 5.000 pesetas por un pasaje que tenía más de muerte que de vida. Aquellos viajes eran eternos y los pasajeros lo hacían hacinados como ratas en aquellas infames bodegas.

 

Pero Pedro no podía irse. ¿Dónde dejaría a los pequeños? Su madre apenas tenía para vivir. Su padre había sido apresado en el 36 y no sabían nada de él desde entonces. Sus manos, raquíticas y curtidas por el sol, sólo sabían cavar. No tenía más oficio que la pobreza de un campesino condenado a vivir rogando a la Virgen de Guadalupe clemencia y lluvia. Que lloviera. Que la tierra diera vida, que sus hijos sobrevivieran al año de la seca.

 

De Tenerife le llegaron noticias de la partida del Estrella Polar. Un barco clandestino de madera que zarpaba en unos días para Venezuela. El precio era inasumible para él. Don León, uno de los caciques del Valle Alto, se apiadó de su alma a cambio de poner a dos de sus hijos a trabajar en su hacienda. La pequeña María tenían aún seis años. No tenía ni edad ni fuerzas para servirle. Quedaría con su abuela. Había reunido el dinero suficiente para un viaje sin retorno con un solo sueño: regresar algún día a La Gomera y darle a su familia lo que no había podido darle hasta entonces.

 

En La Caleta la noche se hacía aún más oscura que de costumbre. Hacía frío. Un viento helado que bajaba por los barranquillos. Pedro tenía una maleta de madera y un sombrero indiano de su abuelo, emigrante a comienzos de siglo en Cuba. Tenía ilusiones y anhelos, pero también miedo. Mucho miedo.

[Img #55401]

A lo lejos, unas luces palpitaban en el horizonte y un silencio de muerte recorría el ambiente. Pedro y seis hombres más se echaron al mar. Nadaban a gran velocidad rumbo a aquel cascarón de madera que se arrullaba en el mar. Dentro, un centenar de paisanos isleños les aguardaban con mantas y gofio para aguantar la travesía. En las bodegas habían cochinos, aguardiente y papas. Dos semanas de provisiones. Un mes de viaje. Hambre, miseria y muerte. Juan y Marcial, vecinos de Guía de Isora, no aguantaron. Sus cuerpos fueron arrojados al mar. Su tumba. La de tantos otros quienes, como Pedro, decidieron cruzar el charco.

 

Al mes llegó un telegrama. “Ya estoy aquí”, decía. Había llegado. Estaba con su hermano Rafael. Seis años después regresó con muchos bolívares bajo el brazo. El pozo del Ancón volvía a tener agua. Los terrenos en Iboalfaro estaban plantados de plátanos. Había qué comer. Pero sus hijos no sobrevivieron a la seca. Sólo el mayor, Andrés, lo hizo. Pero ya no vivía en la hacienda de don León. Estaba lejos, muy lejos. En una cárcel en el Sáhara. El asesinato del administrador de los bienes del cacique se penaba con la muerte. En el desierto tampoco llovía. El presidio era aún peor que aquel año de 1948, el año que no llovió, el año en el que su padre viajó en el Estrella Polar buscando mejor vida para él y sus hermanos.

 

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