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Pablo Jerez Sabater
Jueves, 22 de junio de 2017

Cosas de hombres

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A María le gustaba tener siempre preparada la comida para José Andrés a las dos de la tarde en punto. De lunes a domingo, no había día en que ella no tuviera todo listo. Era como una rutina. Su marido se levantaba temprano para sacar el ganado a pastar a los llanos de Gerián y ella quedaba al cargo de un pequeño huerto donde no faltaban papas y algo de verduras.

[Img #56116]Por la tarde, misa en Chipude, con don Manuel, un cura recio de sotana y sobrero negro. Poco hablador pero muy espiritual. Por la noche, sólo las gallinas la escuchaban gemir. En la soledad de la pareja, aquella vieja choza era más que un refugio.

 

Los llanos que tenían junto al barranco apenas tenían la poca yerba que las copiosas lluvias del verano habían hecho germinar. Eso era suficiente para un puñado de cabras y dos vacas que daban la suficiente leche para que José Andrés, dos días en semana, pudiera venderla en Valle Gran Rey. Cántaro de barro al hombro, se deslizaba como una lagartija por aquel camino que llegaba a la Vizcaína desde Gerián. Su figura, desde San Antonio, recordaba a una pequeña hormiga deslizándose por entre las rocas. A duro el litro, el largo trayecto apenas era rentable. Pero no tenían otros ingresos. 1957 no había sido un buen año para la cosecha de papas, podridas por unas lluvias torrenciales llegadas a destiempo.

 

En Valle Gran Rey, junto al muelle, había una pequeña tienda propiedad de Marcial Chinea, un hijo de un retornado de Cuba, conocido por su plática y su destreza en la improvisación de décimas. A pesar de no contar con estudios, tenía fama de ser hombre conocimiento y de saber llevar las cosas a tu terreno. José Andrés, tras la venta de seis litros de leche y seis duros en el bolsillo, pudo comprobarlo.

 

El negocio parecía fácil. Cada semana llegaba de Tenerife una falúa con las provisiones necesarias para ajustarse a las cartillas de racionamiento. Arroz, azúcar, café y algo de petróleo para los quinqués. Pero también, de estraperlo, jabones y licores que se pagaban bien en determinados lugares. José Andrés debía trasladar el aguardiente en su cántaro hasta Arure y allí venderlo a un precio pactado. Dos reales se llevaría por cada envío. Marcial Chinea, duro y medio. El problema estaba en la Guardia Civil. Dos parejas solían hacer ronda y podrían sorprenderle y, con ello, ganarse el calabozo. Lo peor no era eso. Era estar sin María. Su María.

 

Confiado, bajó un lunes con seis litros de leche de a duro y subió cargado con el aguardiente hacia Arure. Allí, frente a Las Casitas, tenía que localizar a Chano, un ganadero que, además de pastar, ofrecía en una vieja casona noches inolvidables, donde corría el alcohol y las mujeres. De eso José Andrés nada sabía. Él sólo conocía a María. Su María. La que arañaba el silencio de las noches en aquella vieja choza de Gerián.

 

La invitación de aquel hombre parecía honrada. Entrar, descansar, tomar apenas un trago y volver a casa por Las Hayas. En hora y media estaría de nuevo junto a María. Lo que en principio debió durar poco se transformó en una tarde entera. La noche caía plomiza en Arure, con una fina lluvia que, aun siendo constante, no era especialmente fuerte. Estaba nublado. Aquel aguardiente de contrabando y los besos de una mulata de nombre impronunciable le impedían regresar a casa. Ella, según se decía, era la sobrina de Chano. Pero los rumores apuntaban a otro tipo de relaciones que, según las malas lenguas, había gestado un tío suyo en las Antillas varios años antes.

 

Al filo de la media noche, Chano salió de aquella casona maltrecho y desplumado. Ni tenía el dinero de la leche y mucho menos el que debía a Marcial por el alcohol de contrabando. Su cuerpo temblaba. Por su cabeza sólo rondaban dos mujeres y ninguna preocupación. Se sentía mal por María, pero también se decía a sí mismo que eran cosas de hombres y que los hombres eran así.

 

Al llegar a casa a eso de las dos de la mañana, María estaba en la puerta con el semblante inquieto. Sus pequeños ojos negros, llorosos. Suplicaba una explicación. José Andrés nunca había llegado tan tarde. Él era hombre de palabra, de ganado y de vender leche. El joven, ebrio aún de aguardiente y de besos, confesó su pecado. ¡Soy un macho, y los machos somos así!, le gritó a María. Ella, asustada por aquel impulso, atinó a golpear con el cántaro la sien de su marido.

 

Ahora, en su interior, se vertía un líquido rojo que, mezclado con los restos de alcohol, creaban una suerte de bebida viscosa. Completamente fuera de sí, corrió asustada hacia el barranco donde, presa de su propio pánico, se arrojó al vacío.

 

Al día siguiente llegaron las noticias de que una joven pareja de Chipude había fallecido por causas no esclarecidas. Según el corresponsal de la prensa, la joven había resbalado y el marido, consternado por la muerte de su mujer, se habría quitado la vida.

 

Ya se sabe que el hombre, siempre es hombre. Al menos eso no dejaba de repetir Chano a un joven marinero que había llegado a Arure en una vieja falúa cargada de aguardiente desde Tenerife a instancias de Marcial Chinea. Ya era miércoles y la casona volvía a estar abierta a los forasteros. Corría el alcohol. Y también los besos de aquella antillana de nombre impronunciable.

 

 

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