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Pablo Jerez Sabater
Lunes, 24 de julio de 2017

El tambor

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Evaristo nació con una azada en la mano y en la otra un tambor. Desde pequeño su padre le había enseñado la temporada de la siembra, las papas de invierno y la recolección de los aguacates antes de su maduración.

[Img #56716]Pero de su madre había aprendido a romancear, a vivir en sus pieles la cadencia rítmica del tajaraste gomero. También a saltar y voltear a su alrededor, chácara en mano, al son del baile del tambor.

 

Con los años se hizo mozo de provecho. Conoció a una bella muchacha de Los Aveciños de apellido Medina y de nombre Violeta. Qué casualidad, fíjense. Ella, tan hermosa, tan sencilla, tan pura, tan afín a su propio nombre, no se separó en vida de su marido. Él, tan hombre, tan rotundo, tan apegado a la tierra, la regó cada día desde que se conocieron hasta que se marchó de su lado siendo aún muy joven y dejándole con una pequeña joya a la que llamaron Esperanza.

 

Él, entrado ya en los cincuenta, no había salido de Hermigua. Vivía en la Poyata con su hija. Ella, ya adolescente, no tenía más miras que el cuidado de un pequeño ganado de cabras y dos bueyes que usaba su padre para la siembra y la trilla. Pero él sabía que no podía retenerla por mucho tiempo. Hasta la casa de Evaristo había llegado Don Benito Plasencia, acaudalado comerciante textil que vivía en el Valle Bajo para solicitar la incorporación de Esperanza a su casa como trabajadora interna. ¿Era esa la vida que quería para su hija? ¿Criar a una criada? No, se dijo. Mi hija no será una sirvienta. Irá a la isla grande y allí echará sus raíces.

 

No es que la agricultura le diera para mucho, pero los aguacates le daban una renta y, además, estaba de medianero en una finca de plátanos por la zona de Las Casas, lo que le permitía vivir y ahorrar unos duros para enviar a su hija. Ella, tan bella como su madre, portaba una maleta de madera en una mano y en la otra el tambor que su padre le había regalado. Estaba cargada de ilusiones. Iría a trabajar al sur de Tenerife a los tomates. Allí prosperaría. Conocería a un buen muchacho y haría vida. Se embarcó y no se despidió de su padre.

 

Padre, tocando el tambor / no puedo decirte adiós.

 

No se despidieron, no. Ella marchó a Tenerife. Él se quedó trabajando la tierra con sus bueyes y su azada. E hizo su dinero. Ahorró las rentas de las papas y los aguacates y se fue a Tenerife a buscar a su hija. Hacía meses que no recibía una carta suya. La última, fechada en enero de 1964, hablaba de un nieto, que se llamaría Manuel Evaristo. Como su marido. Como su padre.

 

En las tomateras de Guía recordaban a una muchacha joven, hermosa, que después de la dura faena, al caer la tarde, tocaba el tambor y romanceaba. Ya no estaba. Hacía tiempo que se había marchado. Al parecer, había perdido el tambor de su padre y ya no lo tocaba. Se había marchado lejos, a La Guaira. Por eso no llegaban cartas. Por eso no conoció a Manuel Evaristo. Regresó a Hermigua. Solo y sin el legado de su pobre esposa. Ella también se fue pronto. Evaristo comprendió, pasados los años, que el peor silencio es el del tambor gomero que ya no suena.

 

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