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Pablo Jerez Sabater
Domingo, 10 de septiembre de 2017

Agulo a finales del XIXAgulo a finales del XIX

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El turismo, como otras tantas cosas, nació hace más de un siglo. Fueron numerosos los viajeros, científicos o aventureros, que visitaron las Islas Canarias durante el siglo XIX, aunque esto no quiera decir que anteriormente no existiesen, pues fueron muchas las expediciones en las que nuestras islas fueron punto de llegada o escala importante hacia otras regiones del mundo.

[Img #57508]Sin embargo, en esta ocasión, mencionaremos sólo a aquellos viajeros del ochocientos que pasaron por La Gomera y, especialmente, por Agulo. Pero antes de entrar de lleno en la cuestión, parece necesario entender la importancia que tuvieron los viajeros en nuestra historia. Los relatos, fotografías, dibujos o pinturas que realizaron de las islas son fundamentales para entender la evolución de nuestra historia, pero también de nuestras tradiciones y costumbres. Y esto es lógico si atendemos a la curiosidad con la que se acercaban, por ejemplo, a algo tan característico de nuestra idiosincrasia como puede ser la vestimenta tradicional. Si un pintor inglés como Alfred Diston no hubiese captado con tanta maestría nuestro traje típico al recorrer nuestros pueblos en el siglo XIX, hoy no tendríamos constancia gráfica de cómo era nuestro vestuario; le debemos a este viajero inglés la veracidad de una de nuestras señas de identidad. Y así podríamos de hablar de muchísimas cosas que, sin la mirada curiosa y descriptiva de los viajeros, poco o, al menos, bastante menos, conoceríamos de nuestra tierra, pues fueron éstos los que configuraron un verdadero imaginario de las islas que aún hoy persiste en nuestra memoria.


Pero tenemos que hablar de La Gomera y, especialmente de Agulo, pueblo que en su momento también fue génesis de un incipiente turismo. Tendríamos que señalar, primeramente, que la isla, durante esta centuria, pasó una crisis económica muy importante que no remontaría hasta comienzos del siglo XX cuando la agricultura de exportación, sobre todo del tomate y del plátano, hizo de la comarca del norte la más próspera de toda la isla, naciendo en estos momentos los grandes hitos de la ingeniería industrial como son los pescantes. Por otro lado, la visión de los viajeros puede ser, en ocasiones, bastante subjetiva; no olvidemos que al ser extranjeros sus costumbres nada tenían que ver con las nuestras, mostrando en ocasiones una exagerada crueldad al calificar o describir algunas costumbres existentes en las islas. En los relatos y escritos de viaje se escribe sobre La Gomera de múltiples formas: costumbres, maneras de vivir, agricultura, riquezas de la Isla, acontecimientos históricos, leyendas, folklore y fiestas populares, botánica, fauna, antropología, experiencias y anécdotas, geología, arte, religiosidad, etc.


Uno de los aspectos más admirados por los viajeros es sin duda la naturaleza y el paisaje de la isla. Veamos algunos magníficos fragmentos de relatos que hablan de la belleza natural de La Gomera:


“Los habitantes de La Gomera no han seguido el ejemplo de sus vecinos y han respetado los bosques que cubrían la isla”. Dr. Verneau, 1891.

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“En La Gomera, los brezos se desarrollan más que en las otras islas, adquiriendo aspecto de verdaderos árboles y, en el encantador trayecto desde San Sebastián, donde está el puerto, hasta Vallehermoso, al que le cuadra muy bien su nombre, el viajero pasa por una serie de terrenos bien irrigados y arbolados que componen un bello paisaje forestal, sin igual en Canarias”. Florence du Cane, 1911.


“En verano, sus montañas y bosques ofrecen lugares ideales para acampar con tiendas de campaña, pues el clima es muy bueno. El campo parece extremadamente rico, retribuyendo bien al que lo cultiva y las cumbres aun tienen hermosos bosques que, por ahora, se van librando de los destructivos carboneros. El suelo de la isla, aunque volcánico, es uno de los pocos del archipiélago que no alardea de poseer un viejo cráter, siendo de 1.350 metros su punto más alto. Un detalle curioso de su vegetación es la ausencia de pinos; actualmente, no hay ninguno, y ya algunos viejos historiadores comentaron esta ausencia”. Florence du Cane, 1911.


Como podemos observar, la curiosidad de estos viajeros es enorme. Toman leyendas, descripciones de otros tiempos para contrastar con lo que ellos mismos anotaban al natural, de ahí que sus datos sean tan precisos y tan valiosos para nosotros hoy en día. La mayoría de los viajeros pasaron la mayor parte de su estancia en las islas de Tenerife y Gran Canaria, pero algunos se aventuraron a visitar y conocer en vivo la isla de La Gomera como Olivia Stone, John Withford o René Verneau. Y nos referimos a aventurarse porque el alojamiento era complicado en la isla en aquellos momentos; alguna fonda en San Sebastián permitía el descanso de viajeros o marinos, pero nada más. De esta manera, los viajeros describen muy bien la hospitalidad de las gentes de nuestra isla, quien eran magníficos anfitriones, hecho que llamaba bastante la atención de estos viajeros y que hoy constituyen los mejores relatos para entender la mentalidad de la sociedad de esta época en la isla de La Gomera.


Prestemos atención ahora a la dificultad que suponía, en estos momentos, la llegada a Agulo y la visión tan impactante en la mirada del viajero:


“Después de una hora de camino alrededor de la montaña, llegamos a Agulo. Este pueblo se encuentra en una planicie donde la tierra es extremadamente fértil y que parece estar adecuadamente cultivada. Mira frente al Pico de Tenerife, a unas veinte y tantas millas de mar. Detrás de la iglesia aparece una serie de montañas bastante pronunciadas, circundantes a la planicie, en forma de herradura en su base. Allí, dos cascadas arrojan sus aguas en los saltos continuos de varios cientos de pies. Así la zona está bien regada. Los excedentes fluyen por el barranco hasta el mar, donde se encuentra el puerto de Agulo, aunque actualmente no es accesible por la misma razón que el de Hermigua […]” John Whitford, 1890.

 

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Y es que el incomparable espacio natural sobre el que se asenta Agulo, apreciado lector, es algo que incluso entronca con la idealización de su imponente talud en forma de teatro:


“En la parte alta de Agulo hay un terreno llano que recuerda, con todos esos riscos alrededor, ¡a la parte inferior del Albert Hall!”. Olivia Stone, 1887.

 

Nada más y nada menos que el Albert Hall, el gran teatro de Londres. Por eso es importante este tipo de relatos, porque, en aquellos momentos, estos libros eran vendidos en los mercados de Londres y servían al uso de guías de viaje para las primeras excursiones a las Islas Canarias, que pronto tomarán fama por su clima, siendo de visita recomendada para aquellos burgueses que estaban enfermos y necesitaban de las bondades del clima canario para acelerar su recuperación. Pero Agulo además, como indicamos anteriormente, fue pionero en el turismo, pues debido a su paisaje, su cercanía al mar y su clima, era el lugar de veraneo de los vecinos de otros municipios de la isla:


Agulo […] la vista que ofrece de Tenerife es magnífica. Es la residencia de verano favorita de los isleños debido a la altura a la que se encuentra y su clima fresco. John Whitford, 1890.


“Tenerife aparece ante nosotros y podemos  ver hasta más allá de Adeje. Bajo nosotros algunas casetas, eran un promontorio llano cerca del mar, llamadas Tepe, y al rodear el risco, vemos un grupo de casas en la parte alta del terreno cultivado, como un castillo coronando las alturas, que es Agulo”. Olivia Stone, 1887.

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Efectivamente, la mejor vista que podemos tener del Teide nos la ofrece Agulo, y esa es una referencia incuestionable que los viajeros no pasaron por alto. Pero los extranjeros que visitaron La Gomera también hablaron de la calidad de su gastronomía, de sus productos, y también, cómo no, del silbo de La Gomera, lenguaje hoy considerando Patrimonio de la Humanidad. Pero quizá, como referencia fundamental a Agulo, merece la pena una curiosa noticia sobre las fiestas de San Marcos, patrón del municipio, y que constituyen una de sus primeras noticias:


“[…] Nuestros anfitriones de Agulo quisieron acompañarnos hasta la vista del pueblo donde debíamos parar. Sin yo saberlo, habían enviado varios criados cargados de víveres, que debían esperarnos en un claro que les habían designado. Era el 25 de abril, fiesta de San Marcos, patrón de Agulo […] Apenas habíamos recorrido tres kilómetros cuando percibimos en la montaña una procesión especial. Hombres y mujeres de todas las edades, vestidos con llamativos oropeles, se paseaban en fila india por un sendero estrecho. Unos llevaban panderetas, otros guitarras y todos avanzaban gravemente cantando, entremezclando en sus cánticos estribillos picarescos”. Dr. Verneau, 1891.

En estas breves notas sólo hemos querido esbozar alguna idea sobre las noticias que sobre Agulo ofrecen algunos viajeros que la visitaron hace ya más de un siglo. La curiosidad del viajero de antes no ha cambiado respecto al actual: Agulo sigue ofreciendo lo mejor de la isla al visitante que recorre sus calles y sus incomparables paisajes.


 

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