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Isla de La Gomera
Domingo, 17 de septiembre de 2017

24 De Agosto, El Telémaco Se Enfrenta Al Temporal

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El temporal

Se terminó el aburrimiento, los ánimos estaban decaídos, comenzaba la odisea, el gato se había ahogado y ocasionado malos augurios, sobre el barco revoleteó un ave marina de color negro con cola en forma de tijera abierta, los más supersticiosos se persignaron y se reafirmaron en que tendrían mala suerte.

[Img #57656]Ya habían terminado el almuerzo y Sebastián Abreu, el cocinero, y algunos ayudantes se disponían a preparar la comida para la noche. Pelaban algunas papas, cuando el horizonte comenzó a ponerse gris (ése era el momento de haber arriado las velas mayores pero no lo hicieron), algunos de los pasajeros se inquietaron y refugiaron en la bodega en busca de una hipotética protección; otros se miraban a los ojos, pero nada se decían, se interrogaban ni silencio. El patrón dijo que se aproximaba un garugón.

 

-Entonces se fue formando aquella vaina en el horizonte, negro arrechamente negro- me cuenta un viajero.

 

Sobre cómo comenzó lo que los viajeros llaman “el temporal" lo narra un hombre de memoria envidiable y hasta detallista, Car­los Jara Mesa:

 

-El temporal empezó el día 23 de agosto cómo a las..., creo yo..., ya era algo tarde. Yo estaba con un primo mío, Antonio Jara, pelando unas papas para la cena y le hice notar cómo se ha poniendo el mar, que venía cómo “escachonao” detrás del bar con un gran viento que reventaba el agua. Mi primo estaba desesperado, porque mareaba mucho, y me contestó: "Permita Dios que a palo seco corra 20 millas por hora". Como a las dos horas el mar empezó a caer sobre cubierta y entonces la gente se empezó a meter para abajo, a la bodega. Esa noche no se hizo la comida y se tuvo que amarrar a Suárez al timón, que era como una circunferencia, con unos palos para agarrarlo, y estaba al descubierto sin puente, sólo con un sombrajo para resguardarse del sol.

 

Sigue Carlos su relato:

 

-El cielo se oscureció y empezó la lluvia con truenos, relámpagos y de todo. La cosa estaba ya muy fea cuando hicimos la maniobra de bajar las velas. Después de eso el temporal siguió y siguió. Era imposible acercarse a relevar o echar una mano al timonel. Al estar amarrado, el mar no pudo llevárselo y estuvo alineado al timón, sufriendo las embestidas de las olas, la noche del 23 y todo el 24 cuando arreció el temporal. Me acuerdo bien, pues era el día de San Bartolo, patrón de Alojera. No pudimos desamarrarlo hasta el 25 como a las ocho de la mañana. Ya lo habíamos dado por muerto: estaba todo desarretado, sin camisa pues el mar se la había arrancado, yerto, como congelado. Le hicieron unas frotaciones con coñac y le dieron un trago... El pobre hombre estaba muy aporreado de los golpes del mar. Lo relevo uno de San Sebastián que lo llaman Pedro...

 

Todavía el día 25 el tiempo seguía malo y al barco le habían roto la obra muerta, para que saliera el agua.

 

-Las velas estaban bajas y afincadas -prosigue Carlos-. Sólo quedaron sin arriar las cuchillas y el 26 fue cuando volvieron a subir las velas grandes...

 

-Y la gente en la bodega, ¿no?

 

Sí, allí estábamos la mayoría. Recuerdo que la noche del 23 al 24 el patrón alumbró la bodega con una linterna y dijo: "Acomódense abajo, porque aquí arriba quedan como cuarenta o cincuenta hombres y el mar se los va a llevar". Entonces los que estaban echados comenzaron a sentarse pegados unos a otros, hasta bajaron todos y allí quedamos amuñuñados, mientras arriba en la cubierta estaban Suárez al timón y el patrón, que se metió en el rancho de popa que estaba casi pegado al timón.

 

En la boca de la escotilla habían puesto unos tablones y un en­cerado y sólo había un huequito para que entrara aire. En cada escalón de entrada a la bodega había un hombre y el que estaba al principio abría el encerado y lo tapaba cuando venía alguna ola. A pesar de todo, entraba agua y ya teníamos alguna en el fondo. El día 25 nos dejaron ir saliendo de diez en diez, agarrados de un mecate para respirar apenas de aire, pues abajo en la bodega estábamos como sancochados.

 

 

La sed

 

Antonio Cabello Fagundo manifestó que cuando pasó el tem­poral y vio que todo estaba arrasado pensó para sus adentros:

-Como no agarremos tierra como mínimo dentro de dos o tres días nos vamos a morir como pendejos; joder, pasaron olas como edificios y ahora sin agua. Al perderse el agua, nos quedamos pa­sando sed, mucha sed. la saliva era como chicle. Comida había un poco -gofio, papas y garbanzos-, pero no había con qué cocinar­la, excepto las papas que las guisábamos con agua salada.

 

¿Recuerdas si alguien llegó a tomar agua salada?

 

-Yo fui uno. Recuerdo que me estaba echando un buche y fran­cisco Medina me dijo: "¿Muchacho, tú estás loco? ¿Tú sabes lo que estás haciendo?" Con la sed y esa vaina me acordaba te lo juro ante Dios y María Santísima, no me da vergüenza, me acor­daba que a los cochinos que criábamos en casa les echábamos los fregaderos y las cosas esas que se ponen a los cochinos, y ellos primero se comían el fondaje... Hasta eso deseaba uno beberse de tan seco que estaba.

 

Antonio es un hombre alto, corpulento, de piel curtida por mil soles y ríos de lluvia, manos anchas de trabajador manual, mirada socarrona y un tanto desconfiado al principio, pero cuando descri­be el pasaje anterior no puede evitar que de sus pequeños y can­sados ojos unas rebeldes lágrimas surquen sus mejillas, como si quisieran entrar en su boca para mitigar la tremenda sed que unos días del mes de agosto de 1950 le tocó pasar. Respeté su congoja, su dolor y su silencio.

 

-Hubo una larga pausa mientras se enjugaba el rostro. Una vez rehecho continuó desgranando sus recuerdos:

 

-Cuando vimos a lo lejos un barco, era el Campante, empezó a llover y el barco desapareció de nuestra vista. Caía tanta agua que no nos veíamos. En ese momento maté la sed y recogimos un poco de agua en las velas.

 

-¿Pero no era sucia y salobre?

 

-¿Y la sed?, me pregunta un tanto desafiante, ¿qué te crees que era? La sed es mucho más sucia que cualquier cosa, uno en esos momentos no tiene que ver con nada, uno lo que necesita es beber y mitigar la enorme sed que está padeciendo.

 

Antonio Gaspar Ramos, fallecido poco antes de escribir estas líneas, vivió así esa circunstancia de la sed:

 

-Llover sí llovió. El temporal empezó con viento, agua y mar. Uno estaba racionado y lo que quería era hartarse de agua. Lo pri­mero que hicimos fue llenar las velas y beber el agua amarga que se depositó en ellas. Nos jartamos de agua amarga, pues la dulce se perdió pa’l mar.

 

Sobre este mismo particular. Joseíto Correa manifestó lo siguiente:

 

-Cuando pegó a llover, cogimos los platos que teníamos y fuimos a recoger agua de los escurres, pero resultó que el salitre de las velas era peor que el agua de mar, no la pudimos tomar, era preferible el agua del mar. Nos chupábamos los escurres de los palos, recogimos algo en los platos, abríamos la boca con la cara para el cielo, ¿no? Pero guardar no pudimos. Algo conseguimos, poca cosa, pero muchos de nosotros bebíamos agua del mar, no había otra.

 

-Pero era mala ¿no?

 

-No importaba, nosotros lo que necesitábamos era echarle lí­quido al cuerpo. Los médicos sabrán de esas cosas, pero yo lo que sé es que me sentía mejor cuando tomaba agua del mar que cuan­do no tomaba ninguna.

 

Como se hacen afirmaciones rotundas sobre este particular, manifestando que es imposible que los viajeros del Telémaco ha­yan tomado agua de mar en los momentos de escasez, porque eso equivalía a morir sin remedio, me informé de ello con quien está científicamente autorizado para opinar sobre este particular. Así, los médicos que consulté me informaron que sí se puede beber agua de mar y que todo depende de la dosis, así cómo de los in­tervalos entre las distintas tomas.

 

El doctor Rafael Hernández, cardiólogo y farmacólogo, me ex­plicó lo siguiente:

 

El agua de mar que tomamos no es H2O pura, pues contiene una serie de sales y minerales, en pequeñas cantidades, que es lo que le da su sabor característico. Existen aguas livianas, con bajo contenido en sales minerales, y aguas pesadas, con mayor cantidad de estas sustancias. Cuando uno se expone al sol y al calor pierde no sólo agua sino además sales, las cuales deben reponerse mediante la dieta y la ingesta de líquidos y alimentos para man­tener la osmoralidad de la sangre. En caso contrario, los glóbulos rojos se hinchan, se hemolizan (se rompen), y por eso debe de in­gerirse no sólo agua pura sino además sales que se pierden por la orina o el sudor. Ahora bien, el agua de mar tiene exceso de sales y minerales disueltos, mucho mayor de lo requerido por el orga­nismo, de tal manera que si se ingiere sólo esa agua, el proceso es opuesto: se ingieren muchas sales que suben la osmoralidad del plasma y en este caso las células se ponen como "papas arruga­das", es decir, se deshidratan internamente, y eso sería incompatible con la vida. A más agua de mar, más se deshidrata uno, ma­yor será la sed y la situación irá empeorando hasta morir en poco tiempo por el desequilibrio hidroelectrolítico. En condiciones de un naufragio donde se disponga de agua dulce, se puede mezclar agua de mar con agua potable, quizás en una proporción de tres parles de agua dulce por una de agua de mar y ésta se puede tomar sin ningún problema: es más. si hay mucho calor y alta sudoración contribuirá a la supervivencia de las personas, por las sales que contiene.

 

Hablando con Carlos Jara sobre el agua, le pregunté por el con­trol que se ejercía para que nadie tomara más que otro.

 

-Bueno, ese método no es que fuera después del temporal, sino que se estableció desde el principio. Si usted le pregunta a alguien que se quedó en Valle Gran Rey, le dirá que también él sufrió esas consecuencias, porque a nosotros nos racionaron el agua desde que subimos al barco. Yo iba ya desde aquí, frente a mi pueblo. Alojera, muriéndome de sed, cuando íbamos de Valle Gran Rey a Agulo, porque no nos dejaban tomar el agua que cada uno qui­siera. El agua, que por cierto, era de San Sebastián, se distribuía rigurosamente. Se nombró a unos fiscales para que controlaran el reparto y no hubiera preferencias. De la barrica se sacaba una olla de agua con una manguera -y mucho cuidado que el que la saca­ba no fuera a tragar más de la cuenta-, y a un cacharro de esos de leche condensada se le abrían unos agujeritos a la mitad, se metía en la olla y cuando dejaba de echar por los agujeros uno ponía el plato y se llevaba su ración, la mitad de un cuarto litro, cada 24 horas. Yo algunas veces me la bebía y otras la guardaba para irme mojando la boca. A veces la tenía tan seca que no encontraba ni saliva, y entonces metía el dedo y me mojaba los labios. Yo era mis joven y. cuando llovía algo, me pegaba a la vela y agarraba algo de agua. Entonces le daba mi ración a mi papá.

 

Estos testimonios nos dan una idea de cuál era el estado de desesperación de los viajeros. En situación normal, el cocinero echaba algo de agua de mar a la comida para ahorrar un poco de la dulce. Nadie enfermó por eso, ni tampoco a nadie le pasó nada por tomar agua de mar con gofio y sus correspondientes gorgojos, por mucho que algunos se empeñen -no viajeros, por supuesto- en afirmar que eso no es cierto.

 

"... pero en la desesperada

comimos sin poner freno

gofio de gusanos llenos

y platos de agua salada".

 

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