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Rafael Zamora Méndez
Viernes, 8 de diciembre de 2017
El lírico e inspirado poeta zamorano, Dr. Ildefonso Esteban .

En veredas de la infancia

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hace ya un comprobado distante tiempo, que le ofrendara unos sentidos versos a la muy progresiva acogedora localidad herreña estratégicamente ubicada en Frontera de El Golfo -exaltando sus pintorescas virtudes paisajísticas-, logrando el que, con ello, me excitara sobremanera, al conseguir, rememorar algunos de los renovados rincones que, por él señalados, tuve la venturosa y juvenil oportunidad de haberlos podido disfrutar plenamente.

[Img #59288]Su descriptiva elegía, trajo a mi mente las agradables remembranzas de un ya pasado tiempo transcurrido que, por desdicha o imperiosa ley de vida, nunca jamás podrán de nuevo volver a retornar.
Mis adolescentes memorias, casi infantiles, me trasladan hasta ese añorado rinconcito familiar, enclavado en el fecundo, mencionado y próspero Valle, cuando todavía existían los añorados abuelos, LOLA y RAMÓN; en la obsequiosa compañía de los atentos tíos, MERCEDES y RODOLFO quienes, amorosamente, me albergaban con notorio regocijo, durante los largos veraneos de mis tan ventajosas vacaciones estudiantiles salesianas.


¡De qué manera, saboreaba aquellos apetitosos duraznos de la época que, sin el menor asomo de la maligna “mosca blanca”, se me ofrecían, colgantes de sus bien mimados árboles, brindándome a raudales, las más variadas clases de sus muy jugosos sabores!


Desde muy anticipadas horas de la despierta mañanita, cestos en mano, nos encaminábamos en busca de los melosos higos blancos, abiertos nogales o seductivos cotios, amén de recoger con insuperable calma, la suficiente hierbecita  fresca, para las productivas cabritas domésticas.


En los yantares, larga mesa, familiarmente colocada bajo unas frondosas verdes parras en alto, plenamente cargadas de exuberantes y magnos racimos de dulces uvas blancas, todavía paladeo unas secas morenas refritas, a las cuales, había que tenerles el suficiente respeto como para saber ir quitándoles con sumo cuidado, los apegados oteros de sus difíciles y punzantes espinas


En las sosegadas tardes de sol, subíamos una enmarcada y empinada vereda, rumbo hacia a la típica atalaya que, en la cúspide de su rojiza montaña, a determinadas horas y, desde su alto campanario, ejercitaba unas fuertes sones, capaces de hacernos convocar, para así, iniciar unas amenas tertulias entre todas las alegres zagalas y despiertos mozos, para hablar de Jorge Negrete, Pedro Infante, María Félix y todo aquel ingente tropel de artistas mejicanos que en ese período, invadían las pantallas en la Capital de la Provincia y, que...mucho más tarde, el siempre recordado ANTONIO ÁLAMO, con el sabio asesoramiento de Don Manuel Marrero, padre, nos proporcionara el inmenso favor de hacernos disfrutar de esas y otras muchísimas cintas que, a fuego, han quedado impresas en el mismo fondo del agradecido corazón.


A este respecto, es muy digno de hacer mencionar aquí, el colosal trabajo informativo y visual, nacido de la descriptiva pluma del ágil escritor nativo, MARCELINO GUTIÉRREZ QUINTERO, con una obra que, magníficamente, recopila, paso a paso, todo el histórico acontecer cinematográfico de la isla.
¡Lo de la vetusta Plaza de “Las Lapas”, la de la “Cruz”, asentada firmemente en el seco cemento de una rústica peana, es la inquieta manivela del Tiempo la que me remonta hasta la edad de los doce años, cuando, puesto en pie, en aquellas memorables noches estivales, a corro repleto de personas, lanzaba mis improvisadas disertaciones y antiguos poemas que, solían ser escuchados bajo el impresionante silencio de una recóndita y mística mudez!


Por allí, desfilaron los cincelados rostros de las entusiastas tías INOCENCIA, ANTONIA BERNARDA y LUÍS ZAMORA.


De los primos, ANGÉLICA e ISIDRO; de la sabia maestra de escena, ÁNGELES FERNÁNDEZ; de las vocacionales intérpretes y colegas, PANCHA CEJAS, MARÍA DEL PILAR RODRIGUEZ FERNÁNDEZ, LUÍS ESPINOSA, JUANOLA y, otras tantas y tantos que, después de muchas y largas noches de festivos ensayos, estrenábamos teatrales piezas de mi propia inventiva, aventurándonos luego a representarlas en una vacía casita que más tarde, serviría como flamante sede de Correos o, en el amplio salón del abuelo, para cobrar entradas y con el producto recolectado, efectuábamos luego unas espléndidas merendolas y rumbosos bailes, bajo los candentes focos de los prácticos “petromases” y, en uno de aquellos jubilosos saraos, allí, por primera vez en mi vida, tuve la dichosa oportunidad de poder escuchar, cantando unas sentimentales malagueñas, a mis decididas tías, CARMEN MÉNDEZ MACHÍN y EVANGELINA ZAMORA, de las cuales, ya había tenido las mejores referencias como excelentes intérpretes y buena voz.¡


¡De qué talante las encumbraban nuestros contiguos vecinos, ANTONIA PÉREZ, PEDRO REBOSO, CAYO, su dulce madre, Dña.MARÍA, diligente ESPOSA y... hasta el propio JUAN MACHÍN, el apreciado consanguíneo del “Pierrisco”, personaje intrépido, valeroso y fraternal


¡Perdurables añoranzas que, en este detallista comentario, juntos, aquí, hemos recorrido y, a buen seguro que, también, muchos de ustedes, aunque sea en distintas latitudes y diferentes lugares, habrán retornado a unos muy arrinconados tiempos que, merced a la magia de la aguda mente o, del inquieto pensamiento, han sido capaces de haber sido transportados hasta ellos!


Y es que... ¡la pubertad, no es un número reducido de años, sino un solidario clima, expresamente exclusivo que todos solemos llevar en el sensible fondo del adecuado corazón!

 

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