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Isla de La Gomera
Domingo, 4 de febrero de 2018

La Leyenda de Hupalupu

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En la isla que brotará, del seno del inmenso mar, espejo de prístina maravilla de un risueño, cerúleo cielo, acaeció lo que voy a referir.

[Img #60237]Mostraba la tierra el desperezo voluptuoso del mañanero despertar. Arriba, en las altas cumbres cubiertas de bosques vírgenes, en las agradables frondas, mientras la paloma, rauda; y muda, batía sus alas, el mirlo y el capirote, trovadores anun¬ciantes del nuevo día, entonaban sus cánticos in¬imitables; y era abajo, en las estribaciones de las elevadas montañas, operadoras del milagro fecun¬do de los trigales, donde el jilguero lanzaba al aire sus mélicas notas y, ajenas a ellas, la cabra y la ove¬ja tranquilas pacían. Una brisa leve acariciaba los árboles y las plantas... Todo decía de dichas supremas. Hasta el mar trajinante e inquieto, hallábase en quietud aparente. Cuan pródigas en caricias sus olas en las rientes playas del Sur... Pero ¡ah!, el monstruo bello adormilado no estaba, que en los altos acantilados del Norte batía su furia de titán indómito, dejando en las peñas señal de sus ce¬los, catarata invertida de impoluta espuma.
 
Cabalgaban allá en el horizonte sobre el lapislázuli intenso, las nubes blancas deshechas en jiro¬nes. Antes fueron grises, después violáceas, ahora cintas color tango con bordes gualdos, hasta que súbitas enrojecieron ante la aparición del disco ro¬jo, que parecía realmente emerger del seno mismo de las aguas. Luego fue la explosión de los áureos chorros. Febo, armóse del poder imponderable de sus cegantes rayos, y la isla de las cascadas, de las altivas montañas y los profundos barrancos, quedó envuelta en torrentes de luz....
 
En el mar, sobre una peñas que el propio mar circundaba, hallábanse reunidos los tres indígenas. Llamábanse Iballa, Hupalupu y Ajeche. Dedicában¬se afanosos a inflar de aire tres grandes foles, y mientras esto hacían sostuvieron el siguiente diá¬logo.
 
Quedo hablaron, pero hubo no obstante quien los oyera: sobre sus caberas se cernía, como pinta¬da mariposa, el estro delirante del poeta, para con¬tar luego a las generaciones venideras, lo que allí dijeron y sucedió.
 
Helo aquí:
 
HUPALUPU—Inútiles nuestros sueños de li¬beración, vanos son nuestros deseos de pertenecer nos, Ajeche. ¡Qué triste!
 
AJECHE—No ha sido por falta de valor Hé¬roes teníamos como Hautacuperche —¡pobre amigo! —...¿Pero qué valen nuestros esfuerzos, Hupa¬lupu, ante su poder tan grande?... ¡Por Garajonay! los auxilia el diablo, con que ellos nos amedrentan.
 
IBALLA-—¿Y dicen, padre, que el general ha prometido perdonar a quien concurra a los funerales?
 
HUPALUPU—Si, hija sí. Eso dice el pregón Tan cándidos nos creen. ¡Pero qué torpes! Ya ha corrido lo acordado por todos los cantones, tan ligero como el silbo. Los de Mulagua,  Agana, Ipa¬lan, Orone, no lo ignoran:-—"Dicen que mataron ai Conde"—Eso dicen, contestarán todos.
 
IBALLA-—Y también vino el obispo. Parece ser hombre bueno.
 
AJECHE.—Sí, eso dicen.
 
HUPALUPU.—¿Pero que nos importa a nos¬otros sus bondades? ¡Buenos...! No, ninguno de ellos es bueno. Buenos, y son dueños de lo que no les pertenece. ¡Ah y no cae sobre ellos el rayo de la venganza La tierra es nuestra, Ajeche; la tierra es nuestra, Iballa. Yo la quiero ver libre como an¬tes. Sólo para nosotros, únicamente para los de nuestra raza. ¡Qué se vayan!, ¡qué se vayan! No los queremos. Que se lleven sus adelantos, su civiliza¬ción, de que tanto nos han hablado; sus espadas re¬lucientes, sus mortíferas máquinas de guerra. Que nos dejen él dardo y la piedra, como a nuestros an-tepasados, y disfrutar libérrimos de la paz de nues¬tros valles y del tranquilo vivir de antaño. ¿Para qué nosotros queremos su civilización, si somos sus esclavos?... ¡Que se lo lleven todo: sus santos, su religión... y hasta sus espejos: a nosotros nos bastan las montañas y los cielos y el limpio cristal de las fuentes...
 
Ajeche, Iballa, hijos míos, escuchadme:
 
Hubo un corto silencio. Luego habló Iballa.
 
IBALLA.—Padre, tu que lees en las estrellas, en las noches claras, dime, ¿no nos libertará el amor? Ellos también aman.
 
AJECHE— Iballa, ¿no eres mía?
 
HíALLA.—¿Tienes celos, Ajeche? Tuya, siem¬pre tuya.
 
HUPALUPU—¿El amor?... ¡Nunca! Que se conserve pura nuestra raza... (Pausa) Ajeche, Iba¬lla, hijos míos, escuchadme.
 
IBALLA.—Sí, padre.
 
AJECHE—Sí Hupalupu, te escucho
 
HUPALUPU—Confiad este secreto al mar como yo lo había confiado. Camalahuige, mi hijo, no se dio la  muerte... Yo mismo lo maté...
 
IBALLA. - ¡Padre!...
 
HUPALUPU—Escuchad, Fue una mañana tan clara y tan bella como la de este día. A nado fui¬mos a la «Baja». Ya  allí dije a Camalahuige; «Tene¬mos que librarnos de tanto oprobio y tanta tiranía: es preciso que matemos al conde», y él me repli¬có, pálido y asustado: "Padre, padre,,, ¿y si lo sa¬ben?" No pude contenerme... «Cobarde, ver¬güenza de nuestra raza... Si lo saben es por ti...»
 
Y le eché las manos al cuello. Cuando lo solté, su cuerpo inerte cayó en la roca; fuese rápido roca abajo, v se lo tragó  el mar.
 
¡Horror! ¡Le había matado! ¡Pero no!... ¡Ayudadme a quitar este enorme peso que me ahoga! ¡Yo no le maté! ¡Decid que yo no le mate!... ¡Le mató este ciego amor que le tuve a la tierra... a esta tierra ya maldita que nos ha abandonado!...
 
Ajeche, Iballa: Hacemos bien... ¡Huyamos de la tierra, que tan mal nos paga!
 
Ya habían terminado de inflar los grandes foles. Cada cual se ató el suyo fuertemente a la cintura.
Tíraos al agua. Dijo con autoritaria bondad Hupalupu.
 
Ajeche fue  el primero en cumplir el mandato. Luego Iballa, diciendo:
 
—Ahora tú, padre.
 
—-Pronto, hija mía deja que por última vez be¬se la tierra.
 
Y esto expresando, tendióse sobre la roca y queriéndola confundir en su pecho, en un apretado abrazo, empezó a llorar como un niño.
 
—  Padre, padre —decía, cariñosa, Iballa— aho¬ra, arrójate, ven, ven.
 
Hupalupu los miraba ahogado en llanto.
 
—¿Oué yo vaya? ¡Imposible! No puedo. ¡Yo no, yo no! ¡Quiero que mi tierra recoja mi último aliento!... ¡Adiós, adiós, hijos míos! Sed felices, Que Achinech os proteja y os ampare.
 
E Iballa y Ajeche, unidos por la hermosa cade¬na de los brazos, opresores amorosos, fuéronse ale¬jando, alejando de la peña, columpiados por las suaves olas...
 
Inútiles los ruegos insistentes de los amantes. Nada consiguieron, Ya gritaban con toda la fuerza de sus pulmones!
Padre, padre, ahora, arrójate, ven, ¡ven!...
 
Luego ya no oyó más el adivino Hupalupu. El murmullo de las aguas había apagado el eco de la voz de los amantes.
 
Empero él continuaba sobre la peña agitando sus brazos y con desgarradores gritos de angustia, diciendo:
 
—  ¡Adiós, adiós, hijos míos! ¡Sed felices!... Qué Achinech os proteja y os ampare.
 
Allá en la inmensa lejanía azul flotaban los cuerpos hermosos como una floración. Al aire el bello tronco desnudo, tremolando la espesa y larga cabellera diríase Iballa auténtica Nereida. El tesoro de sus lágrimas rodaba por sus mejillas y de sus labios brotaban palabras de cariño y de dolor.
 
¡Allá quedaba sobre la roca su infortunado!...
 
Ajeche le daba el consuelo de sus besos. Tam¬bién a ambos enamorados besaba el mar, y, cara la tierra que los vio nacer, juntos se iban alejando, alejando, camino de la mansión del soberano Echeide...
 
HUPALUPU— (Sobre la peña circundada por el mar) Perdonados estáis, sí; pero nopodréis jactaros de poseerme estando vivo. Yo mismo se¬llaré con mi sangre la tragedia de Guabedum. !Adiós, hijos míos! ¡Adiós, tierra mía, también perdonada estás!...
 
Y Sacando un puñal. Un rayo de sol quebróse en la hoja del acero.
 
—Me sirve vuestra propia civilización para darme muerte.
 
...Y el cuerpo desplomose sobre la roca... So¬bre ella también revoloteó una blanca gaviota, que espantada remontó su vuelo a la altura.
 
Las olas lamían la preciosa sangre.
 
Por fin, el cuerpo quedó flotando sobre las aguas, y mecido por las ondulantes olas, se iba alejando, alejando...
 
Y dice la fantasía loca, delirante, del poeta, que el mar susurró al oído de Hupajupu las pala¬bras del hijo pusilánime: «Padre, padre.., ¿y si lo saben?...»
 
Rosendo Armas
 
San Sebastián de La Gomera, octubre 1927
 
Revista Hespérides, 11 de octubre de 1927.

 

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