Jueves, 08 de Enero de 2026

Leoncio Bento Bravo
Martes, 06 de Enero de 2026

Promesas

No son raras las palabras existentes en el rico idioma castellano que se escriben y pronuncian de manera idéntica y, sin embargo, su significado es completamente diferente según el contexto en el que las utilicemos. Se las denomina técnicamente como palabras polisémicas y el título de este trabajo es un claro ejemplo que da fe de lo anteriormente expuesto.

 

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Leoncio Bento Bravo


        Las promesas suponen una especie de compromiso, una obligatoriedad que se contrae con entidades físicas, llámense personas, animales, instituciones laborales, culturales, deportivas, religiosas o con una deidad divina, como puede ser Dios y toda su corte celestial. El sentido de las mismas es muy amplio y abarca desde expresiones solemnes, relevantes y enfáticas, como el célebre “puedo prometer y prometo” del primer presidente de nuestra democracia; pasando por las múltiples promesas, la mayor parte incumplidas, que los políticos hacen sobre todo en las citas electorales; hasta los más elementales “te lo prometo” o “va para promesa” cuando nos referimos a una figura del deporte, la música o la ciencia, que a diario escuchamos y utilizamos en nuestros círculos familiares, amistosos, deportivos y sociales. Toda esta gama de promesas lleva aparejada una intencionada cuota de deseo y de esperanza en aras de que se cumplan. No obstante, son muchas las veces que las mismas no alcanzan su cometido, por lo que una cuota de decepción y de remordimiento de conciencia le acompañan en caso de que lo prometido se quede para siempre en una deuda pendiente o, como bien dice la expresión popular, en agua de borrajas.


        Un capítulo aparte creo que merecen las promesas que podrían llamarse de ida y vuelta o de pedir y dar, tan frecuentes en el entorno de las prácticas religiosas. Me viene a la memoria la infinidad de ellas que mi recordada madre llevaba a cabo, en distintos lugares de la geografía insular, para pedir a las vírgenes y santos de su devoción dádivas tan dispares como los problemas de salud familiar, los negocios, los exámenes de los hijos y un montón más de súplicas. Súplicas que en sus manos no estaba que se cumplieran, pero que si, casualmente, coincidía que la respuesta era positiva, una nueva promesa surgía al instante para regresar y dar gracias por lo concedido en la recientemente concluida. Estas promesas no valía cumplirlas a distancia. Para que fueran eficaces, era necesario peregrinar hasta el lugar donde se veneraba la imagen y postrarse delante del altar para, en un recogido silencio bajo la mirada directa del santo o la santa invocada, exponer la súplica deseada. Cuando el trayecto del peregrinaje se hacía a pie, como ocurría a menudo en aquellos remotos años, el sacrificio aumentaba y la valoración de la promesa adquiría un rango mayor que si el recorrido tenía lugar en automóvil. La Candelaria, Guadalupe, El Carmen, Las Mercedes, El Paso, La Encarnación, Santa Lucía, Las Nieves, San Amaro, Santa Rita, entre otros, son testigos mudos de estos variopintos compromisos.


        Ahora bien, si hay un periodo en el calendario donde se acumule un mayor número de promesas por parte de la población en general, este es, sin duda, los primeros días y semanas del comienzo de año. Encima, promesas que llevan consigo una especial singularidad, al ser las únicas que no precisan de intermediarios para llevarlas a cabo. El compromiso y la obligatoriedad de su cumplimiento se adquiere con uno mismo, por lo que, en caso de no llegar a cumplirse lo prometido, solo hay un responsable a quien achacar el fracaso, la propia persona o, mejor dicho, el grado de voluntad y contumacia que le acompaña. 


        Sobrepasadas las fiestas navideñas, en las que tradicionalmente se hace gala de adornar los días clave de las mismas con abundantes comidas y bebidas hasta decir basta, sin medir las consecuencias que esto trae consigo al subirse posteriormente a la báscula o a esperar los resultados de una analítica de control, desembocamos en el mes por excelencia de las promesas. Es más, muchos son los que entran a saco en los polvorones, mazapanes y turrones, prometiéndose con antelación que nada más sobrepasar la fiesta de Año Nuevo y Reyes, un cambio radical van a imponer a sus vidas. Promesas se hacen para todos los gustos. Dietas ligeras y estrictas para desintoxicar y perder peso a base de ensaladas, verduras, carnes y pescados a la plancha y yogures; infusiones variadas; nada de alcohol o tabaco, por supuesto; horas de caminatas y gimnasio; natación; estudiar idiomas e informática; leer más libros; procurar una convivencia pacífica; no tomarse a pecho el trabajo y un sinfín más de entusiasmados compromisos se reivindican, con el agravante de que, por desgracia, en un porcentaje alto de casos, la mayor parte de los mismos se empiezan y casi nunca se terminan. 


        Pero, lo malo de todo, es el latir de conciencia que persiste cuando, sin cumplir lo prometido, se abandona el proyecto antes de alcanzar la meta. Está, única y exclusivamente en nuestras manos, evitar que el compromiso adquirido languidezca lentamente hasta terminar en fracaso. Apoyarse en una terapia de grupo familiar ayudará, sin duda, a salir airoso de la coyuntura. De lo contrario, no viene mal, antes de iniciar una singladura tan ardua como esta, recordar la máxima bíblica que dice: “Es mejor no hacer promesas que hacerlas y no cumplirlas”.

 

 

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