Martes, 13 de Enero de 2026

Oscar Izquierdo
Lunes, 12 de Enero de 2026

Virtud humana

Algunos intelectualoides presumen de un tiempo de progreso donde se intenta imponer a lo tecnológico y artificial cual dios en el Monte Olimpo. Según sus planteamientos teóricos, se ha superado la razón como fuente de conocimiento primordial.

 

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Resulta llamativo comprobar la pobreza de su lenguaje, falta de aprendizaje, lectura o escucha, faltándoles un pensamiento crítico, demostrado al estar tan plácidamente confortables dentro del rebaño del globalismo, la Agenda 2030 o ideología de género. Hoy hablamos de valores allí donde durante siglos se habló de virtudes, quizás porque entienden que tienen una connotación religiosa, lo cual les repugna, aunque saben a ciencia cierta, aunque lo intentan esconder, disfrazar o ridiculizar, que esa es la realidad verdadera. El cambio no es inocente ni meramente semántico, encierra una transformación profunda en la manera en que entendemos al ser humano, su responsabilidad y orientación moral.


La virtud es una disposición estable del carácter que impregna todas las dimensiones de la vida personal y profesional. No se ejerce a ratos ni se activa según convenga, configura a la persona plenamente. En cambio, el valor suele presentarse como una preferencia funcional, algo que se elige, se prioriza o se descarta según el contexto, la utilidad o la conveniencia del momento.


Virtud procede del latín virtus, que remite a vigor, excelencia y plenitud del ser, expresa, por tanto, una cualidad que perfecciona, por su repetición, a la persona en cuanto tal, haciéndola absolutamente humana. Transforma al sujeto que actúa, dándole provecho a lo que hace, afectando al modo de ser, no solo al modo de hacer. Es sinónima de esfuerzo, responsabilidad y constancia.


Valor proviene de valere, que significa beneficio, eficacia, servir para algo. Mide la utilidad o rendimiento, siendo intercambiable y ponderable. Algo vale en la medida en que sirve para un fin determinado, pero pierde su consistencia si éste cambia. En este sentido, el valor es instrumental, mientras que la virtud es esencial o mejor dicho inherente a la persona.


La virtud remite inevitablemente a principios universales, a una verdad moral que no depende de consensos cambiantes ni de mayorías coyunturales, ni menos de ideologías mudables. Hablar de valores, en cambio, permite secularizar esos principios, despojarlos de su fundamento trascendente y presentarlos como construcciones revisables. Así, cada individuo, colectivo o época puede elaborar su propio catálogo de valores sin que sean permanentes.


Cuando la virtud desaparece, la coherencia personal se diluye, aborregándose. La acción deja de ser expresión de un carácter formado y pasa a ser resultado de cálculos circunstanciales. En el ámbito profesional, esto se traduce en una ética de mínimos, se cumple menos de lo exigible evitando lo sancionable, se justifica cualquier medio si el resultado es rentable o exitoso y se vive para el egoísmo más desencarnado. En lo personal, la virtud se enfrenta a la comodidad, el interés particular o la presión social, porque siempre aporta.


La deriva de nuestra sociedad occidental no puede entenderse sin este proceso de relativización moral. Se abre paso al “todo vale” revestido de pragmatismo. Si no hay verdad que respetar, solo queda la ganancia especulativa e individualista, no hay bien objetivo, solo importa el resultado. El fin, entonces, no solo justifica los medios, sino que los absuelve, buscándolos.


Frente a esta lógica empobrecida, recuperar la virtud no es un ejercicio de nostalgia, sino una necesidad urgente. Significa volver a afirmar que hay modos de actuar que nos dignifican y otros que nos degradan, aunque sean útiles o rentables momentáneamente. Significa reconocer que la excelencia humana no se mide solo por lo que logramos, sino por lo que somos mientras lo logramos.


Oscar Izquierdo

 

 

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