Jueves, 29 de Enero de 2026

José Ignacio Algueró Cuervo
Martes, 20 de Enero de 2026

Profesiones y profesionales

Las profesiones que afectan directamente tanto a la educación como a la salud y el bienestar de las personas han tenido tradicionalmente un reconocimiento social relevante.


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José Ignacio Algueró Cuervo.

 

Dentro de las segundas, a la Podología no se le da a mi juicio la importancia que debería dársele. Las razones pueden ser varias, pero, aun siendo profano en la materia, considero que hay una muy destacada: el pie no goza en la cultura occidental de la relevancia que se le da en otras como, por ejemplo, la china.  La medicina tradicional de ese país ve los pies como un mapa que refleja el cuerpo entero y que posee múltiples terminaciones nerviosas y puntos reflexológicos que, al ser estimulados, alivian los dolores, reducen el estrés y mejoran la circulación y el bienestar general. De ahí que les presten tanta atención.


Entre nosotros, por el contrario, lo más frecuente es que escojamos el calzado pensando más en su aspecto exterior y en su precio que en la calidad de los materiales de los que está hecho o en si se adapta a las peculiaridades de nuestros pies. Nos olvidamos con frecuencia de que una persona da unos ocho mil pasos cada día, y de que si falla el apoyo sobre nuestros pies se resentirá todo el cuerpo. En muchas ocasiones, sólo la aparición de trastornos dolorosos como un uñero, una infección, un callo o un juanete nos hacen acudir al podólogo –antes más conocido como “callista”-.


Un podólogo (hombre o mujer) puede ayudarte a diagnosticar o incluso curar un problema de salud. Así lo viví personalmente hacia 1983 residiendo en Las Palmas de Gran Canaria. Llevaba años sintiendo inestabilidad al caminar y al estar derecho, lo que me había ocasionado más de un contratiempo en la recién terminada mili a la hora de estar en formación y de desfilar. Acudí a la consulta de un podólogo y, al comentarle lo de la inestabilidad –que yo achacaba a nerviosismo-, me dijo: “Usted lo que tiene es un pie cavo inveterado clarísimo, y no tenía que haber hecho la mili”. El cabo –con “b”-que yo conocía era el del Ejército, y lo de “inveterado” me sonaba a “invertebrado”, pero no era el caso, así que me explicó el buen señor en román paladino que desde muchos años atrás tenía unos pies con excesivo puente, lo que me producía una inestabilidad que se corregiría con unas plantillas adecuadas que me debería hacer un buen ortopeda, pues él no las hacía. Dicho y hecho. Problema resuelto o al menos mitigado en gran medida hasta el día de hoy.


Hace unos años, residiendo en La Gomera, tenía un hongo en una uña, y debía renovar las plantillas, así que acudí al dispensario de Lucía Padilla García en la calle Ruiz de Padrón de San Sebastián. La sala de espera y el espacio para la consulta eran acogedores. La asepsia era absoluta. Lucía, hija de unos conocidos, y amable en todo momento, demostró gran profesionalidad. Mis pies sintieron el alivio de un trabajo bien hecho, y el molde realizado permitiría días después la confección de unas plantillas que aún hoy conservo y que me permiten seguir caminando con los pies sobre la tierra.


Cuando salía de la consulta, recordé una frase que solía decir mi sabia madre: “El dinero que menos me cuesta gastar es el que le pago al callista”.

 

¡Qué importante es contar con buenos profesionales que desarrollen bien su trabajo! Así se hace, Lucía.   

 
                                                                

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