Miércoles, 18 de Febrero de 2026

Leoncio Bento Bravo
Miércoles, 18 de Febrero de 2026

Hablar, dialogar, debatir y conversar

La sabia naturaleza ha dotado al ser humano de algo tan fundamental en nuestras vidas para el desarrollo de una buena convivencia como es la herramienta del lenguaje. La facultad de poder expresarse, comunicarse y entenderse con el resto de la comunidad en la que vivimos por medio del lenguaje, bien sea en su forma verbal, es decir, usando la palabra oral o escrita, o en menos ocasiones también en su forma no verbal por signos, gestos e imágenes, es la única manera posible de poder relacionarnos.


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Leoncio Bento Bravo

 

Ahora bien, esta connotación especial y exclusiva de la especie humana del manejo de las diferentes modalidades de expresión de la lengua se puede hacer efectiva de varias maneras, dependiendo, claro está, del enfoque que cada persona quiera dar al empleo de las mismas, del momento elegido y de las circunstancias que acompañan a la acción. Hablar, conversar, dialogar y debatir son las variantes básicas del intercambio verbal. Todas se basan en la emisión de palabras, pero cada una presenta matices que las distinguen, matices que merece la pena recordar y resaltar. 
 

        A pesar de la gran profusión de medios y de adelantos técnicos existentes hoy en día para poder comunicarnos, es una realidad que atravesamos una época con grandes lagunas en este sentido. Persistencia de conflictos bélicos, económicos, raciales, sociales, convivencias difíciles y una intransigencia que a ojos vistas demanda cada vez más la necesidad de un mayor entendimiento. Todo en aras de conseguir el objetivo irrenunciable de la ansiada cohabitación pacífica que la mayor parte de la población mundial desea.
 

        “Habla para que pueda conocerte”, decía a sus discípulos el gran filósofo griego Sócrates en el siglo V a. C., y cuánto ha llovido desde entonces, pero qué razón tenía y qué verdad más perenne. Hablar consiste en emitir palabras, ciertamente, a veces para uno mismo, el típico monólogo delante del espejo, o para una o más personas que las escuchan atentamente sin que ellas intervengan. Hablar, pues, es un acto de encadenar palabras y frases, pero siendo consciente de lo que se está diciendo y, por supuesto, sin ánimo dogmático ni de imposición a la fuerza de criterios o doctrinas. La amabilidad, el buen tono de las palabras y los modales, lo mismo que una pizca de sentido del humor, son características primordiales que deben acompañar siempre a un hablado.
 

                Dialogar, por descontado que es también una manera de hablar, pero implica hacerlo sobre un tema preestablecido, como puede ser la amistad, la familia, el amor, el deporte, la política, etc. Es un intercambio tranquilo y sereno de ideas y de puntos de vista entre uno o más participantes que lleva aparejadas ciertas particularidades imprescindibles para que el mismo fluya por un buen derrotero. Saber escuchar es, sin duda, la principal, al igual que no sentirse poseedor de la verdad absoluta, no querer imponer siempre tu opinión, sino tratar de buscar acuerdos sobre el tema que estemos tratando y dar respuestas, lógicamente, que tengan algo que ver con el planteamiento que se ha expuesto con anterioridad. Todo lo que se salga de este guion, como la elevación del tono de voz, el griterío, gestos inadecuados o interrupciones permanentes, lleva el diálogo al capítulo de la discusión y esto es ya otro cantar. Y, si no, que se lo pregunten a los futboleros. En el diálogo, la posibilidad de que haya vencedores y vencidos no debe existir, algo que sí encontramos y es característico en la variante debatir. 
 

        Por tanto, el debate es una forma de diálogo sobre cuestiones en las que, normalmente, participan expertos. Cuestiones en las que cada participante defiende su posición con todos los argumentos a su alcance con la idea fija de dominar al contrario, de convencer a los que escuchan, sabiendo que han de ser juzgados por la audiencia o por un comité de entendidos en la materia, que es el que finalmente dará su veredicto. Un buen ejemplo de ello lo tenemos en los debates televisivos, cada día más prolíficos pero menos edificantes para los oyentes.
 

        Por último, conversar. Conversar es, sin duda, la joya de la corona de las variantes del lenguaje. Es, también, una emisión de palabras en la que intervienen uno o más protagonistas sobre temas que surgen de manera espontánea, cambiante sobre la marcha, que produce bienestar personal, relajación, sonrisas, anécdotas, con preguntas y respuestas por parte de todos los participantes de forma sosegada y tranquila. O sea, un intercambio de ideas sin una estructura previa, en que en ningún momento se buscan conclusiones. En definitiva, un agradable y placentero pasatiempo que también tiene sus normas y que hay que intentar respetar. Por ejemplo, dejar hablar, escuchar con atención, no interrumpir, no acaparar el uso de la palabra son elementos básicos de una buena larga y tendida conversación.
 

         Confieso que siento envidia sana de aquellos tiempos en los que la familia al completo se reunía para conversar, normalmente después de la cena con un agua guisada compartida. Lo mismo que de las reuniones que varios grupos de vecinos mantenían para este fin, en lugares concretos del pueblo, bajo la tenue luz de las farolas de entonces, o simple y llanamente bajo el resplandor de la luna y las rutilantes estrellas. Las distendidas conversaciones versaban sobre historias de guerras, migraciones, brujerías, chismes y habladurías, una y otra vez repetidas, cargadas de buen humor, de risas y de buen talante. Entre los participantes había conversadores más hábiles con la palabra, amenos, entretenidos, junto a otros más tímidos, menos participativos, o los típicos socarrones que de forma esporádica intervenían para aportar una nota de humor, siempre con mucha sorna. También existían los elocuentes, pedantes y sabelotodo, lo mismo que los chistosos y discutidores. Con el paso de los años, la profusión de medios audiovisuales y el desapego familiar y vecinal, esta sana y gratificante costumbre para el espíritu ha ido menguando hasta casi desaparecer, y créanme que lo siento en el alma. 
 

         Vivimos en una sociedad cada día más polarizada, con excesivos muros que salvar en vez de puentes que busquen acuerdos para convivir mejor. Conversar con frecuencia de forma coloquial y amable abre el camino de la cordialidad entre personas y es una buena manera de evitar tanto dislate, de fomentar la conexión con familiares, amigos y allegados, de sonreír, de liberarse de tristezas y de huir de la dañina soledad, ese mal tan de actualidad en estos tiempos que nos está tocando vivir.

 

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