Una política noble
Cuando las decisiones políticas se adoptan en función del mayor populismo aplicable, como ingrediente principal que se aporta desde todos las influencias ideológicas o partidistas, es urgente volver a implementar la nobleza de la política. Porque ésta no es solo un mecanismo organizacional para el desenvolvimiento de la entera sociedad, ni un campo de lucha por el poder, sino la destreza de la convivencia, uniendo la acción pública generosa con la intención sincera de conseguir resultados provechosos.
![[Img #104120]](https://gomeraverde.es/upload/images/06_2026/8340_oscar-izquierdo-400-296.jpg)
Es acción humana eficiente con destreza gestora. La democracia tiene como pilar sustentador, la confianza de la ciudadanía en sus instituciones y la esperanza de contar con personas que, libremente se dedican a trabajar en asuntos que se resumen en su función, a saber, un servicio público. Otra cosa es cuando nos referimos a esos suéldogos, es decir, burócratas de partidos, pedidores de favores e ínclitos aduladores del líder o lideresa correspondiente, que entran en la política buscando desesperadamente un sueldo, porque no tienen otra ocupación donde agarrarse para vivir y cuantificando lo que tenemos, son la mayoría.
La política la han manchado los mismos políticos. Corrupción constante, desde la derecha a la izquierda. Promesas absurdas, infantiles, pedantes, poco creíbles, que no aportan soluciones viables. Discursos vacíos, mediocres, torpes, que sólo sirven para engordar la egolatría de los que se atreven a pronunciarlos. Sus triunfos no llegan a la ciudadanía, porque solo son beneficiarios ellos mismos para mantener sus prebendas, lo que genera una crisis de legitimidad, que se traduce en la alta abstención que aleja de las urnas, simplemente por hastío, creándose una animadversión hacia lo público que lo hace indiferente y en casos graves repugnante.
Están surgiendo movimientos ciudadanos que, desde lo local, reclaman un espacio. La paradoja de que en un globalismo absorbente se quiere recuperar lo cercano, lo real, lo que se puede hacer con seguridad de éxito para solventar lo que se padece diariamente, es significativo, con propuestas ilusionantes que arreglen los desconchados que hacen los políticos, que esto si lo hacen muy bien, estropear lo que dicen o tocan. Estas iniciativas, en muchos casos vecinales, de cercanía, nos recuerdan que la política es ante todo una construcción colectiva e ilusionante. Se trata de volver a dar valor a la voz de cada persona, a la deliberación, escucha y diálogo, para conseguir esa capacidad de imaginar con responsabilidad un futuro mejor.
Recuperar la dignidad de la política no es solo una aspiración romántica, sino también una necesidad urgente para la salud democrática y el bienestar social. El debate público que está contaminado por la descalificación grosera, el oportunismo facilón y una preocupante desconexión entre representantes y votantes, hay que restituirlo a principios básicos, ya olvidados, pero que tienen que revivir, tales como, competencia, verdad, responsabilidad, compromiso y vocación de servicio a los demás.
El discurso tiene que retornar al respeto, abandonando el insulto cotidiano, que lo utilizan quienes no tienen argumentos precisos, ni preparación profesional, académica o técnica adecuada para ocupar cargos que les sobrepasan. El consenso es clave, porque los acuerdos acercan diferencias. No es una renuncia a las convicciones que se tienen, sino una expresión madura de personas capaces de avanzar juntos, a pesar de las diferencias, del tipo que sean, pero que anteponen el interés general al individual. Escucha activa y voluntad franca de llegar a un acuerdo, es la única forma de construir sociedades fuertes y equilibradas.
En una colectividad avanzada, la siembra de coherencia en cualquier ámbito relacional, sobresaliendo más en el político, produce cosechas de máxima productividad y se empieza por lo básico, la unificación indestructible de lo que se piensa, se dice y se hace, naciendo así la credibilidad. Abraham Lincoln, presidente de los Estados Unidos dijo que “hay momentos en la vida de todo político en que lo mejor que puede hacerse es no despegar los labios”. Que lo aprendan de memoria y después se lo apliquen los bocachanclas que ocupan responsabilidades públicas, tanto en el gobierno como en la oposición.
Oscar Izquierdo
![[Img #104120]](https://gomeraverde.es/upload/images/06_2026/8340_oscar-izquierdo-400-296.jpg)
Es acción humana eficiente con destreza gestora. La democracia tiene como pilar sustentador, la confianza de la ciudadanía en sus instituciones y la esperanza de contar con personas que, libremente se dedican a trabajar en asuntos que se resumen en su función, a saber, un servicio público. Otra cosa es cuando nos referimos a esos suéldogos, es decir, burócratas de partidos, pedidores de favores e ínclitos aduladores del líder o lideresa correspondiente, que entran en la política buscando desesperadamente un sueldo, porque no tienen otra ocupación donde agarrarse para vivir y cuantificando lo que tenemos, son la mayoría.
La política la han manchado los mismos políticos. Corrupción constante, desde la derecha a la izquierda. Promesas absurdas, infantiles, pedantes, poco creíbles, que no aportan soluciones viables. Discursos vacíos, mediocres, torpes, que sólo sirven para engordar la egolatría de los que se atreven a pronunciarlos. Sus triunfos no llegan a la ciudadanía, porque solo son beneficiarios ellos mismos para mantener sus prebendas, lo que genera una crisis de legitimidad, que se traduce en la alta abstención que aleja de las urnas, simplemente por hastío, creándose una animadversión hacia lo público que lo hace indiferente y en casos graves repugnante.
Están surgiendo movimientos ciudadanos que, desde lo local, reclaman un espacio. La paradoja de que en un globalismo absorbente se quiere recuperar lo cercano, lo real, lo que se puede hacer con seguridad de éxito para solventar lo que se padece diariamente, es significativo, con propuestas ilusionantes que arreglen los desconchados que hacen los políticos, que esto si lo hacen muy bien, estropear lo que dicen o tocan. Estas iniciativas, en muchos casos vecinales, de cercanía, nos recuerdan que la política es ante todo una construcción colectiva e ilusionante. Se trata de volver a dar valor a la voz de cada persona, a la deliberación, escucha y diálogo, para conseguir esa capacidad de imaginar con responsabilidad un futuro mejor.
Recuperar la dignidad de la política no es solo una aspiración romántica, sino también una necesidad urgente para la salud democrática y el bienestar social. El debate público que está contaminado por la descalificación grosera, el oportunismo facilón y una preocupante desconexión entre representantes y votantes, hay que restituirlo a principios básicos, ya olvidados, pero que tienen que revivir, tales como, competencia, verdad, responsabilidad, compromiso y vocación de servicio a los demás.
El discurso tiene que retornar al respeto, abandonando el insulto cotidiano, que lo utilizan quienes no tienen argumentos precisos, ni preparación profesional, académica o técnica adecuada para ocupar cargos que les sobrepasan. El consenso es clave, porque los acuerdos acercan diferencias. No es una renuncia a las convicciones que se tienen, sino una expresión madura de personas capaces de avanzar juntos, a pesar de las diferencias, del tipo que sean, pero que anteponen el interés general al individual. Escucha activa y voluntad franca de llegar a un acuerdo, es la única forma de construir sociedades fuertes y equilibradas.
En una colectividad avanzada, la siembra de coherencia en cualquier ámbito relacional, sobresaliendo más en el político, produce cosechas de máxima productividad y se empieza por lo básico, la unificación indestructible de lo que se piensa, se dice y se hace, naciendo así la credibilidad. Abraham Lincoln, presidente de los Estados Unidos dijo que “hay momentos en la vida de todo político en que lo mejor que puede hacerse es no despegar los labios”. Que lo aprendan de memoria y después se lo apliquen los bocachanclas que ocupan responsabilidades públicas, tanto en el gobierno como en la oposición.
Oscar Izquierdo











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