Que des la voz p’a bajo...
Hay artículos que uno escribe con ilusión y otros que cuesta mucho comenzar. Este es de los que me duelen.
Me apena tener que escribirlo porque hablar de nuestras tradiciones y de nuestra cultura es hablar de nuestras raíces. Pero, después de mucho pensarlo, he decidido que lo mejor que puedo hacer es darle la voz y… ¡que corra la voz!, aunque en el camino puedan caerme algunas piedras.
A estas alturas de mi vida ya no me preocupan demasiado. Somos aves de paso y cada uno tiene derecho a pensar, creer o discrepar libremente. Nadie está obligado a creerme ni a compartir lo que digo. Solo pido algo muy sencillo: respeto.
Este artículo no pretende ser una denuncia ni un ataque a ninguna persona o institución. Tampoco quiero mezclarlo con la política. Quiero contar una parte de nuestra historia que considero que no debe quedar incompleta.
Y esa historia tiene un nombre:
Fernando Padilla Trujillo.
Hace aproximadamente dos años envié una carta solicitando un reconocimiento o un homenaje para Fernando Padilla al Ayuntamiento de Agulo, al Cabildo Insular de La Gomera y a la Asociación Cultural Silbo Gomero.
Durante estos dos años me habría gustado recibir, al menos, algún interés por conocer aquella historia y lo que exponía en aquella carta y en el correo que la acompañaba.
Pero el silencio también dice cosas. A veces, más de lo que pensamos.
Fernando Padilla dedicó buena parte de su vida a defender el Silbo Gomero cuando todavía no tenía el reconocimiento que tiene hoy y cuando su futuro era incierto. Su preocupación por aquella tradición y su sensibilidad como poeta le llevaron incluso a escribir una poesía que tituló «Un silbo… y nadie contesta».
Reunió a jóvenes y les fue enseñando cómo silbar. Aunque él mismo no silbaba, había escuchado mucho Silbo y conocía bien su importancia. Los animó a seguir practicándolo, los entrenaba en Las Rosas y organizó actividades y concursos para mantener viva aquella tradición.
También llevó el Silbo, por primera vez, fuera de La Gomera y colaboró con investigadores y medios de comunicación para darlo a conocer más allá de nuestra isla y contribuir a su conservación.
Entre sus discípulos estuvieron Olivier e Imeldo, dos niños que llevaron con él el nombre de nuestra isla y nuestro Silbo fuera de Canarias.
También participó en trabajos de investigación junto a personas como Lino Rodríguez, Servando, Eliseo y Filomena, y con investigadores como Jacques Cousteau y el sueco Tord Benner, con quien llegó a firmar en 1968 un contrato relacionado con la elaboración de un diccionario del Silbo. Parte de aquel valioso trabajo, con el paso de los años, terminó desapareciendo.
Mientras investigaba para mi página, hace ya años, encontré además un antiguo recorte del Diario de Avisos que demuestra que, muchos años antes de que se levantara el Árbol del Silbo en Igualero, Fernando Padilla ya había propuesto levantar un monumento dedicado al Silbo Gomero.
Murió en 1981 y no pudo ver hasta dónde llegaría aquella voz.
Hoy el Silbo Gomero es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad y se enseña a las nuevas generaciones. Ha llegado a las universidades, a los investigadores y a muchos lugares fuera de nuestra isla. La UNESCO lo reconoció en 2009.
Y todo eso hay que celebrarlo.
Hay que agradecer el trabajo de los maestros silbadores, investigadores, profesores, universidades y de todas las personas que han conseguido que el Silbo siga vivo.
Pero precisamente por eso me hago una pregunta:
¿Es pedir demasiado recordar también a Fernando Padilla?
No quiero quitar méritos a nadie.
Quiero completar una historia que considero injustamente incompleta.
Porque para llegar hasta arriba hay que subir una escalera.
Y una escalera tiene muchos peldaños.
Olvidar los peldaños de la escalera a mitad del camino no nos permite contar completamente cómo llegamos hasta arriba.
El pasado 30 de septiembre, coincidiendo con el XVII aniversario de la inscripción del Silbo Gomero en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO, se celebraron distintos actos y homenajes relacionados con su difusión y con el trabajo universitario.
En ese contexto, el Cabildo de La Gomera reconoció a las dos universidades públicas canarias por su papel en el estudio y la difusión del Silbo.
Reconocer ese trabajo me parece bien. El conocimiento, la investigación y la enseñanza merecen reconocimiento.
Pero hay algo que me hace pensar.
La Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC) mantiene un Aula de Silbo, creada en colaboración con la Asociación Cultural y de Investigación de Lenguajes Silbados Yo Silbo, donde se desarrollan actividades relacionadas con otros lenguajes silbados de Canarias.
Y aquí es donde me pregunto:
¿Cómo podemos homenajear y entregar reconocimientos por la conservación y difusión del Silbo Gomero mientras dejamos en un segundo plano a quienes, cuando todavía no había homenajes ni universidades interesadas, lucharon para que aquella voz no desapareciera?
¿Estamos abriendo los brazos a nuevas voces mientras dejamos en silencio las voces de quienes lucharon para que el Silbo siguiera sonando?
No se trata de negar el trabajo de nadie.
Se trata de recordar de dónde venimos.
Porque mientras hoy el Silbo cruza las islas y llega hasta las universidades, yo sigo pensando en aquellos primeros pasos.
En aquellos niños.
En aquellos barrancos.
En aquellos hombres que lucharon cuando todavía no había reconocimientos.
Y entre ellos estaba Fernando Padilla.
Por eso no pido que se le coloque por encima de nadie.
Solo pido que no se le deje debajo de nadie.
He contado una pequeña parte de lo que he podido investigar. Quien quiera conocer la historia completa, los documentos y los testimonios puede hacerlo en mi página:
No quiero que me crean porque lo digo yo.
Quiero que hablen los documentos.
Que hablen los recuerdos.
Que hablen los testigos.
Y que después cada uno saque sus propias conclusiones.
Porque el patrimonio no desaparece de un día para otro.
Primero se olvida el nombre de quienes lo defendieron.
Después se pierden los documentos.
Más tarde callan los testigos.
Y finalmente queda el silencio.
Que siga sonando el Silbo Gomero.
Pero, por favor,
que también se escuche su historia.
Reconocer a quienes hoy lo difunden está bien.
No olvidar a quien ayer luchó para que existiera mañana es justicia.
Hoy su nieta lo silba.
Y en ese silbo también está el eco de su abuelo.
No dejemos que la historia se pierda ni que quede coja.
Compartir este artículo es también ayudar a que una parte de nuestra memoria no caiga en el olvido.
No miremos para otro lado. Como decía al principio, somos aves de paso y cada uno tiene derecho a pensar, a discrepar y a elegir su camino.
Pero mientras caminamos, también tenemos el deber de cuidar aquello que recibimos de quienes estuvieron antes que nosotros.
Y quizá, al final, todo se pueda resumir en algo muy sencillo:
Que siga sonando la voz.
Que corra la voz.
Y que nunca se pierda la historia de quienes hicieron posible que hoy podamos escucharla.
Bueno, buenooooo…
«Que des la voz p’a bajo»
PEDRO MANUEL CRUZ VERA
![[Img #105020]](https://gomeraverde.es/upload/images/10_2026/5285_00.jpg)
Me apena tener que escribirlo porque hablar de nuestras tradiciones y de nuestra cultura es hablar de nuestras raíces. Pero, después de mucho pensarlo, he decidido que lo mejor que puedo hacer es darle la voz y… ¡que corra la voz!, aunque en el camino puedan caerme algunas piedras.
A estas alturas de mi vida ya no me preocupan demasiado. Somos aves de paso y cada uno tiene derecho a pensar, creer o discrepar libremente. Nadie está obligado a creerme ni a compartir lo que digo. Solo pido algo muy sencillo: respeto.
Este artículo no pretende ser una denuncia ni un ataque a ninguna persona o institución. Tampoco quiero mezclarlo con la política. Quiero contar una parte de nuestra historia que considero que no debe quedar incompleta.
Y esa historia tiene un nombre:
Fernando Padilla Trujillo.
Hace aproximadamente dos años envié una carta solicitando un reconocimiento o un homenaje para Fernando Padilla al Ayuntamiento de Agulo, al Cabildo Insular de La Gomera y a la Asociación Cultural Silbo Gomero.
Durante estos dos años me habría gustado recibir, al menos, algún interés por conocer aquella historia y lo que exponía en aquella carta y en el correo que la acompañaba.
Pero el silencio también dice cosas. A veces, más de lo que pensamos.
Fernando Padilla dedicó buena parte de su vida a defender el Silbo Gomero cuando todavía no tenía el reconocimiento que tiene hoy y cuando su futuro era incierto. Su preocupación por aquella tradición y su sensibilidad como poeta le llevaron incluso a escribir una poesía que tituló «Un silbo… y nadie contesta».
Reunió a jóvenes y les fue enseñando cómo silbar. Aunque él mismo no silbaba, había escuchado mucho Silbo y conocía bien su importancia. Los animó a seguir practicándolo, los entrenaba en Las Rosas y organizó actividades y concursos para mantener viva aquella tradición.
También llevó el Silbo, por primera vez, fuera de La Gomera y colaboró con investigadores y medios de comunicación para darlo a conocer más allá de nuestra isla y contribuir a su conservación.
Entre sus discípulos estuvieron Olivier e Imeldo, dos niños que llevaron con él el nombre de nuestra isla y nuestro Silbo fuera de Canarias.
También participó en trabajos de investigación junto a personas como Lino Rodríguez, Servando, Eliseo y Filomena, y con investigadores como Jacques Cousteau y el sueco Tord Benner, con quien llegó a firmar en 1968 un contrato relacionado con la elaboración de un diccionario del Silbo. Parte de aquel valioso trabajo, con el paso de los años, terminó desapareciendo.
Mientras investigaba para mi página, hace ya años, encontré además un antiguo recorte del Diario de Avisos que demuestra que, muchos años antes de que se levantara el Árbol del Silbo en Igualero, Fernando Padilla ya había propuesto levantar un monumento dedicado al Silbo Gomero.
Murió en 1981 y no pudo ver hasta dónde llegaría aquella voz.
Hoy el Silbo Gomero es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad y se enseña a las nuevas generaciones. Ha llegado a las universidades, a los investigadores y a muchos lugares fuera de nuestra isla. La UNESCO lo reconoció en 2009.
Y todo eso hay que celebrarlo.
Hay que agradecer el trabajo de los maestros silbadores, investigadores, profesores, universidades y de todas las personas que han conseguido que el Silbo siga vivo.
Pero precisamente por eso me hago una pregunta:
¿Es pedir demasiado recordar también a Fernando Padilla?
No quiero quitar méritos a nadie.
Quiero completar una historia que considero injustamente incompleta.
Porque para llegar hasta arriba hay que subir una escalera.
Y una escalera tiene muchos peldaños.
Olvidar los peldaños de la escalera a mitad del camino no nos permite contar completamente cómo llegamos hasta arriba.
El pasado 30 de septiembre, coincidiendo con el XVII aniversario de la inscripción del Silbo Gomero en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO, se celebraron distintos actos y homenajes relacionados con su difusión y con el trabajo universitario.
En ese contexto, el Cabildo de La Gomera reconoció a las dos universidades públicas canarias por su papel en el estudio y la difusión del Silbo.
Reconocer ese trabajo me parece bien. El conocimiento, la investigación y la enseñanza merecen reconocimiento.
Pero hay algo que me hace pensar.
La Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC) mantiene un Aula de Silbo, creada en colaboración con la Asociación Cultural y de Investigación de Lenguajes Silbados Yo Silbo, donde se desarrollan actividades relacionadas con otros lenguajes silbados de Canarias.
Y aquí es donde me pregunto:
¿Cómo podemos homenajear y entregar reconocimientos por la conservación y difusión del Silbo Gomero mientras dejamos en un segundo plano a quienes, cuando todavía no había homenajes ni universidades interesadas, lucharon para que aquella voz no desapareciera?
¿Estamos abriendo los brazos a nuevas voces mientras dejamos en silencio las voces de quienes lucharon para que el Silbo siguiera sonando?
No se trata de negar el trabajo de nadie.
Se trata de recordar de dónde venimos.
Porque mientras hoy el Silbo cruza las islas y llega hasta las universidades, yo sigo pensando en aquellos primeros pasos.
En aquellos niños.
En aquellos barrancos.
En aquellos hombres que lucharon cuando todavía no había reconocimientos.
Y entre ellos estaba Fernando Padilla.
Por eso no pido que se le coloque por encima de nadie.
Solo pido que no se le deje debajo de nadie.
He contado una pequeña parte de lo que he podido investigar. Quien quiera conocer la historia completa, los documentos y los testimonios puede hacerlo en mi página:
No quiero que me crean porque lo digo yo.
Quiero que hablen los documentos.
Que hablen los recuerdos.
Que hablen los testigos.
Y que después cada uno saque sus propias conclusiones.
Porque el patrimonio no desaparece de un día para otro.
Primero se olvida el nombre de quienes lo defendieron.
Después se pierden los documentos.
Más tarde callan los testigos.
Y finalmente queda el silencio.
Que siga sonando el Silbo Gomero.
Pero, por favor,
que también se escuche su historia.
Reconocer a quienes hoy lo difunden está bien.
No olvidar a quien ayer luchó para que existiera mañana es justicia.
Hoy su nieta lo silba.
Y en ese silbo también está el eco de su abuelo.
No dejemos que la historia se pierda ni que quede coja.
Compartir este artículo es también ayudar a que una parte de nuestra memoria no caiga en el olvido.
No miremos para otro lado. Como decía al principio, somos aves de paso y cada uno tiene derecho a pensar, a discrepar y a elegir su camino.
Pero mientras caminamos, también tenemos el deber de cuidar aquello que recibimos de quienes estuvieron antes que nosotros.
Y quizá, al final, todo se pueda resumir en algo muy sencillo:
Que siga sonando la voz.
Que corra la voz.
Y que nunca se pierda la historia de quienes hicieron posible que hoy podamos escucharla.
Bueno, buenooooo…
«Que des la voz p’a bajo»
PEDRO MANUEL CRUZ VERA
![[Img #105020]](https://gomeraverde.es/upload/images/10_2026/5285_00.jpg)











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