El muelle de Alojera y su transportador
El pequeño muelle de Alojera está enclavado en la denominada "Baja de Rosa", a la derecha de la ensenada abierta al norte. Desde principios del siglo XX había un pequeño desembarcadero en el margen izquierdo de la playa,
al que acudían algunos barquitos que arribaban a este lugar para efectuar maniobras de carga y descarga. En mayo de 1914 se había presentado en el Cabildo Insular un informe del ingeniero de Obras Públicas de Santa Cruz, acompañado del proyecto del desembarcadero y del expediente para obtener la legalización de la obra, incoado a instancia de Bernardo Ascanio y Ascanio, de acuerdo a la regla 5ª, de la Real Orden de 23 de junio de 1906 del cuerpo de ingenieros. La comisión permanente de la mencionada institución acordó acceder a la petición, al considerar la obra de gran utilidad porque facilitaba las operaciones del tráfico mercantil y marítimo.
Los gastos del desembarcadero habían sido sufragados por un número de propietarios del pueblo a propuesta de los primeros exportadores. El procedimiento elegido había consistido en hacer un determinado descuento por cada quintal de tomates que se exportase, de tal manera que con el total de las deducciones se acometiesen los trabajos y además se siguiese recaudando durante años una cantidad, que permitiera disponer de un pequeño remanente para afrontar los gastos que se produjeran ante cualquier eventualidad. Al final esta fórmula resultó inadecuada, porque a la hora de determinar a quién pertenecía la titularidad de la obra era muy difícil precisarlo. El asunto de la titularidad fue llevado a un pleno del ayuntamiento de Vallehermoso, a cuyo término municipal pertenece Alojera, que apoyó mayoritariamente la proposición del citado exportador, con la excepción del voto de un sólo concejal; de la misma manera que lo hiciera también la comisión permanente del Cabildo.
Años después (1930), en una asamblea que se celebra en la sede de la institución insular, se plantea la pertinencia de construir un muelle público; y cuatro años más tarde el ayuntamiento de Vallehermoso reitera al Cabildo la referida demanda, que continúa reivindicando en los meses siguientes. Por último, el citado muelle se ejecuta y se le dota de una pluma o puntal, compuesto por dos brazos en forma de ángulo: el que lleva la pasteca, de unos 3 m de longitud, y el otro de 2,5 m. Este artilugio es adquirido por una asociación de exportadores promovida por Rodríguez Cervantes, un importante propietario agrícola cuyo patrimonio fue transferido a Orencio Mora cuando abandonó la Isla.
Los temporales frecuentes en la zona, hacían que muchas veces la fruta que había de enviarse al exterior permaneciera durante varios días sobre el muelle sin poderse embarcar, corriendo el riesgo de perderse. En otras ocasiones, las grandes olas levantaban las cajas de tomates, depositadas sobre el pequeño espigón a la espera de barco, y las arrojaban al mar. En uno de estos temporales falleció un marinero, al ser arrastrado de su barca por una fuerte ola, aunque éste no fue el único accidente que sucedió en el desembarcadero de la "Baja de Rosa". Para tratar de resolver estos imponderables, la casa frutera Fyffes, junto a Manuel Méndez, Bernardo Ascanio, José García, rico propietario retornado de Cuba, y otros productores y exportadores, con la colaboración de varios vecinos, decidieron en un momento de gran producción tomatera adquirir un transportador, que condujera la fruta directamente desde tierra hasta las lanchas, no de forma habitual sino sobre todo en las épocas en las que éstas no podían acercarse al muelle para depositar o tomar la carga.
![[Img #55672]](upload/img/periodico/img_55672.jpg)
El emplazamiento elegido fue el lugar denominado "La Hoya”, situado a la izquierda de la pequeña ensenada, a una altura de 80 m sobre el nivel del mar, donde iba instalado un güinche manual, accionado por dos hombres. Desde este punto, donde aún se conserva un torreón, salía un doble cable de acero, que llevaba una pasteca a la que se enganchaba la cesta o cajón que se deslizaba de un lado a otro de los cables y servía para portar la carga, especialmente de tomates. El referido doble cable se extendía desde el punto indicado hasta un prisma o gruesa pila sita al nivel del mar, unos metros detrás del desembarcadero, donde se sujetaba, y en su trayectoria casi atravesaba la bahía a modo de diagonal pasando sobre el muelle para poder depositar directamente la carga en las embarcaciones, ancladas en las proximidades. De esta manera la exportación agrícola de Alojera en adelante sufrió menos interrupciones al subsanarse este tipo de dificultades.
Extraído de libro de Gloria Díaz Padilla, Pescantes de La Gomera. Testimonios de la arqueología industrial de Canarias. 2008
al que acudían algunos barquitos que arribaban a este lugar para efectuar maniobras de carga y descarga. En mayo de 1914 se había presentado en el Cabildo Insular un informe del ingeniero de Obras Públicas de Santa Cruz, acompañado del proyecto del desembarcadero y del expediente para obtener la legalización de la obra, incoado a instancia de Bernardo Ascanio y Ascanio, de acuerdo a la regla 5ª, de la Real Orden de 23 de junio de 1906 del cuerpo de ingenieros. La comisión permanente de la mencionada institución acordó acceder a la petición, al considerar la obra de gran utilidad porque facilitaba las operaciones del tráfico mercantil y marítimo.
Los gastos del desembarcadero habían sido sufragados por un número de propietarios del pueblo a propuesta de los primeros exportadores. El procedimiento elegido había consistido en hacer un determinado descuento por cada quintal de tomates que se exportase, de tal manera que con el total de las deducciones se acometiesen los trabajos y además se siguiese recaudando durante años una cantidad, que permitiera disponer de un pequeño remanente para afrontar los gastos que se produjeran ante cualquier eventualidad. Al final esta fórmula resultó inadecuada, porque a la hora de determinar a quién pertenecía la titularidad de la obra era muy difícil precisarlo. El asunto de la titularidad fue llevado a un pleno del ayuntamiento de Vallehermoso, a cuyo término municipal pertenece Alojera, que apoyó mayoritariamente la proposición del citado exportador, con la excepción del voto de un sólo concejal; de la misma manera que lo hiciera también la comisión permanente del Cabildo.
Años después (1930), en una asamblea que se celebra en la sede de la institución insular, se plantea la pertinencia de construir un muelle público; y cuatro años más tarde el ayuntamiento de Vallehermoso reitera al Cabildo la referida demanda, que continúa reivindicando en los meses siguientes. Por último, el citado muelle se ejecuta y se le dota de una pluma o puntal, compuesto por dos brazos en forma de ángulo: el que lleva la pasteca, de unos 3 m de longitud, y el otro de 2,5 m. Este artilugio es adquirido por una asociación de exportadores promovida por Rodríguez Cervantes, un importante propietario agrícola cuyo patrimonio fue transferido a Orencio Mora cuando abandonó la Isla.
Los temporales frecuentes en la zona, hacían que muchas veces la fruta que había de enviarse al exterior permaneciera durante varios días sobre el muelle sin poderse embarcar, corriendo el riesgo de perderse. En otras ocasiones, las grandes olas levantaban las cajas de tomates, depositadas sobre el pequeño espigón a la espera de barco, y las arrojaban al mar. En uno de estos temporales falleció un marinero, al ser arrastrado de su barca por una fuerte ola, aunque éste no fue el único accidente que sucedió en el desembarcadero de la "Baja de Rosa". Para tratar de resolver estos imponderables, la casa frutera Fyffes, junto a Manuel Méndez, Bernardo Ascanio, José García, rico propietario retornado de Cuba, y otros productores y exportadores, con la colaboración de varios vecinos, decidieron en un momento de gran producción tomatera adquirir un transportador, que condujera la fruta directamente desde tierra hasta las lanchas, no de forma habitual sino sobre todo en las épocas en las que éstas no podían acercarse al muelle para depositar o tomar la carga.
![[Img #55672]](upload/img/periodico/img_55672.jpg)
El emplazamiento elegido fue el lugar denominado "La Hoya”, situado a la izquierda de la pequeña ensenada, a una altura de 80 m sobre el nivel del mar, donde iba instalado un güinche manual, accionado por dos hombres. Desde este punto, donde aún se conserva un torreón, salía un doble cable de acero, que llevaba una pasteca a la que se enganchaba la cesta o cajón que se deslizaba de un lado a otro de los cables y servía para portar la carga, especialmente de tomates. El referido doble cable se extendía desde el punto indicado hasta un prisma o gruesa pila sita al nivel del mar, unos metros detrás del desembarcadero, donde se sujetaba, y en su trayectoria casi atravesaba la bahía a modo de diagonal pasando sobre el muelle para poder depositar directamente la carga en las embarcaciones, ancladas en las proximidades. De esta manera la exportación agrícola de Alojera en adelante sufrió menos interrupciones al subsanarse este tipo de dificultades.
Extraído de libro de Gloria Díaz Padilla, Pescantes de La Gomera. Testimonios de la arqueología industrial de Canarias. 2008












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