Lunes, 26 de Enero de 2026

Isla de La Gomera
Sábado, 03 de Junio de 2017

Guadalupe y Ramón... y El Burro Perico

Ramón Cabrera y su mujer Guadalupe nacieron y han vivido casi toda su vida en el barrio de Banda de las Rosas, en el municipio gomero de Vallehermoso. Con 83 y 80 años, respectivamente, cuando se sientan a hablar de las vivencias que siguen, recuerdan hasta cómo llegaron los primeros coches por la playa.

La velocidad del asno sí importa

 

Cuando fue a la guerra a la Península, movilizado por ser de la quinta del 35 y encontrarse haciendo el servicio militar en Santa Cruz de Tenerife, Ramón Cabrera Darias cumplió siete años uniformado que se le hicieron tan eternos que “ya me parecía que la vida mía era aquella”, dice. Pero en aquellas circunstancias piensa que incluso fue afortunado, pues su misión consistía en “ir a hacer las compras de la compañía”. Viajaba en un camión que conducía un muchacho de Madrid, recuerda, y él iba sentado en la cabina acompañándolo. “Él era el quemanejaba* y me aconsejó, ni se sabe las veces que me lo dijo, que me sacara el carnet [de conducir], que el camión era del ejército y si le pasaba algo, a mí no me iba a pasar nada. Y llegué a manejarlo. Y me ha pesado veinte veces, pero yo en aquellos años, como aquí [en La Gomera] no habían carreteras todavía, decía: ¿para qué diablos quiero yo ese carnet? Y decía: yo, cuando llegue allí, si puedo, lo que hago es comprarme un burro. Y así lo hice”.

 

Todavía recuerda los primeros coches que vio circular por Vallehermoso. Como no había carreteras, se limitaban a dar vueltas por las escasas calles del casco, apenas la iglesia y algunas manzanas alrededor. “Un coche que lo trajo un señor, me acuerdo que fui a ayudar. Entonces había un camino para subir las mercancías de la playa en bestias y a lomos de la gente. Era un cochecito pequeño, como una carruchilla [a motor] de las de hoy, y fuimos y arreglamos un poco el camino para que pudiera subir al pueblo. Y aquí arriba caminaba en las calles, porque no había salida para más ningún sitio. Era un hombre pudiente. Después se arregló un poco el camino hasta la playa y él iba y venía”, sigue su relato Ramón, que sitúa su edad en torno a los 12 ó 13 años. “Había un pescante en la playa con un cajón y por ahí lo sacaron”, añade, lo que corrige Guadalupe. “No lo sacaron por el cajón –dice ella–, sino con la lancha desde el barco hasta donde le dicen la Cueva de las Paloma, que es en la playa”.

 

Camellos

 

 El transporte se siguió haciendo con la participación de animales, incluso camellos, todavía años después de aquella guerra de la que volvió sin el innecesario –entonces–  carnet de conducir. “En esa época todos los vecinos tenían bestias porque eran los coches que había aquí por el campo. Y diban todos a ayudar a uno a sacar la cosecha”, sigue Guadalupe.

 

Ni para el camino desde la playa se usaban vehículos, llegando a usarse hasta camellos, muy poco habituales en esta isla. “Los tenía uno que le decíamos señor Julio. De aquí no era, yo creo que era de Fuerteventura y estuvo una buena temporada. Eran para llevar arena en unos cajones. [Al camello] lo echaban en el suelo y en el suelo lo cargaban y cuando lo avisaban el camello salía. Era para trabajar en un canal que estaban haciendo, por allá de una presa que le dicen Garabato, en el cuarenta y pico. Pero aquí no sirven los camellos, es muy pendiente, van mejor en un sitio parejo”, interviene Ramón. Su cuadra estaba “en un sitio donde llaman Casa del Punto, me parece que eran tres los que había”, añade.

 

El primero, ‘Perico’

 

[Img #55674] Desechado el motor y las cuatro ruedas, también el camello para la orografía gomera, Ramón vino de la guerra con su idea de comprar un burro y eso es lo que hizo. “El primero que yo compré es el más que me acuerdo, que me costó 32 pesetas, dos onzas que se le decían entonces. ¿No recuerdas, que lo compré a Ramón Méndez? –se dirige a Guadalupe buscando confirmar el dato–. Ese fue el burro mejor que ha habido aquí”. También fue de los que más le duró, hasta que “se me cayó sobre la ermita del Carmen y se le partió atrás el rabo y ya lo quité. No es que él aflojara, pero ya me daba pena de verlo”. Le puso de nombre Perico. Después de ese, tuvo “más de veinte”.

 

“Él iba a buscar una bestia, iba, por ejemplo, de aquí a Alajeró, a Alojera, a Taguluche, y si al mes de tenerlo no le resultaba, volvía, lo vendía y compraba otro. Él estaba siempre en cambio”, se ríe Guadalupe recordando los continuos cambios de burro en los que se empeñaba su marido Ramón, quien replica explicando el por qué: “Yo tuve muchos burros y burras. En aquellos años yo era algo desinquieto* y si yo tenía un burro y usted tenía otro que caminaba delante del mío, más que el mío, lo quitaba enseguida y buscaba otro. No me gustaba que otro fuera alante de mí”.

 

Agricultores con tierras adquiridas poco a poco y en distintos lugares de la zona donde vivían, los sucesivos burros servían para sacar las papas y llevarlas a vender (Guadalupe: “Él no llegó a ir nunca cargado porque siempre tenía una bestia, pero sí había que ir a las playas a vender”. Ramón: “El burro tenía, nosotros le decimos un sillote*, y sobre el sillote le ponía el saco de papas o lo que fuera”), para trabajar la tierra (Ramón: “Como se quitaron las vacas y bueyes, teníamos que arar con los burros. La tierra queda mucho mejor con un arado que con los tractores”), para la vendimia (otra vez Ramón: “La uva yo la traía con el burro. Le ponía dos canastras, una por un lado y otra por otro. Y los hombres con cestos”).

 

 

Artículo y fotos de Yuri Millares. Revista Pellagofio.

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