Aquella mañana en Saint Louis...
Fue ya hace 15 años. En un viaje de trabajo al Senegal, muy temprano, sin salir el sol y cuando casi todo el mundo aún dormía. Me vinieron a buscar en un todo terreno y salimos hacia el norte, hacia Saint Louis, puerto y ciudad fronteriza. Probablemente el enclave más cercano para salir por mar hacia Canarias.
Santiago Negrín Dorta*
Llegamos y bajamos a la playa. Allí, los dos guías que iban con nosotros, pidieron que nos tapáramos el rostro y guardáramos absoluto silencio. Asomamos nuestras cabezas por encima de los matorrales (solo se veían nuestros ojos) y vimos el “espectáculo”: decenas y decenas de cayucos, a medio construir con prisa y corriendo, listos para zarpar a la tierra prometida: Canarias.
No en vano, en la plaza central de Dakkar, ya habíamos visto un mural que lo decía todo. En grande y pintado con colores frescos, un cayuco rumbo a la libertad, y a un faro que alumbraba 7 islas. En las playas de Saint Louis, aserraban madera y montaban cuadernas a toda prisa, empleados de las mafias y pescadores reconvertidos a mercaderes de hombres.
“Lo peor no es esto”, nos susurraron los guías. “Lo peor no son los que se fueron, sino los que nunca llegaron y se perdieron en el mar grande (el Atlántico) ...sus almas vagan, perdidas por estas playas”, dijeron con esa mezcla de miedo y superstición, propia del día a día de África. Lo pensé, hombres, mujeres y niños acurrucados, vagando a la deriva, sin faro, sin Islas, sin nada. Rumbo a la muerte, en medio de un mar inmenso.
Iba en serio aquello que decían los que se embarcaban: “prefiero morir ahogado llegando a tu tierra, que morir de hambre aquí”. A la vuelta de Saint Louis, aquel día, se me atragantó el café aguado del desayuno, mientras un funcionario del Ministerio de Exteriores Senegalés, me preguntaba, si era cierto que al final, el Gobierno de Canarias iba a conceder microcréditos de 200 euros, para ayudar a la gente a comprar cabras. “Con dos cabras por familia y con lo que dan” me dijo “igual no tienen que subirse al cayuco...”
* Periodista y Analista de Actualidad. Profesor de Comunicación Universidad Europea.
(Reflexiones de un periodista inquieto. La Chincheta lo cuenta todo... sin miedo, en dos minutos).
Santiago Negrín Dorta*
Llegamos y bajamos a la playa. Allí, los dos guías que iban con nosotros, pidieron que nos tapáramos el rostro y guardáramos absoluto silencio. Asomamos nuestras cabezas por encima de los matorrales (solo se veían nuestros ojos) y vimos el “espectáculo”: decenas y decenas de cayucos, a medio construir con prisa y corriendo, listos para zarpar a la tierra prometida: Canarias.
No en vano, en la plaza central de Dakkar, ya habíamos visto un mural que lo decía todo. En grande y pintado con colores frescos, un cayuco rumbo a la libertad, y a un faro que alumbraba 7 islas. En las playas de Saint Louis, aserraban madera y montaban cuadernas a toda prisa, empleados de las mafias y pescadores reconvertidos a mercaderes de hombres.
“Lo peor no es esto”, nos susurraron los guías. “Lo peor no son los que se fueron, sino los que nunca llegaron y se perdieron en el mar grande (el Atlántico) ...sus almas vagan, perdidas por estas playas”, dijeron con esa mezcla de miedo y superstición, propia del día a día de África. Lo pensé, hombres, mujeres y niños acurrucados, vagando a la deriva, sin faro, sin Islas, sin nada. Rumbo a la muerte, en medio de un mar inmenso.
Iba en serio aquello que decían los que se embarcaban: “prefiero morir ahogado llegando a tu tierra, que morir de hambre aquí”. A la vuelta de Saint Louis, aquel día, se me atragantó el café aguado del desayuno, mientras un funcionario del Ministerio de Exteriores Senegalés, me preguntaba, si era cierto que al final, el Gobierno de Canarias iba a conceder microcréditos de 200 euros, para ayudar a la gente a comprar cabras. “Con dos cabras por familia y con lo que dan” me dijo “igual no tienen que subirse al cayuco...”
* Periodista y Analista de Actualidad. Profesor de Comunicación Universidad Europea.
(Reflexiones de un periodista inquieto. La Chincheta lo cuenta todo... sin miedo, en dos minutos).











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